ALGO DEL RITMO DE EUCLIDES
MOSAICO 5— NUDO
El amarre de la hamaca raspa. No debería raspar tanto. Si ajusto un poco más, deja de hacerlo. Mi cuello está preso, constreñido del mazo de hilos grueso, hecho por los presos de la cárcel de Tabasco, con la paciencia áspera de quien sabe que nunca tendrá su libertad.
Mis pies cuelgan apenas unos centímetros por encima del último escalón de la escalera. No es una suspensión limpia: hubo un error de cálculo. Un balance torpe. Hasta Clodoveo, mi gato lo hubiera hecho mejor. El cuerpo aprende rápido la geometría de las despedidas: el peso exacto, el ángulo deficiente, la manera en que el barandal finge sostener algo que nunca fue suyo. Siempre fui malo para los nudos. Para los compromisos también. La hamaca no nació para esto –pienso- nació para mecer cuerpos cansados, no para probarles el peso al colgarse. Aunque hay que reconocer que el tuyo es un cuerpo bastante cansado.
En un delirio, te pasa por la mente que no es fácil tener sexo en una hamaca, alguna vez lo intentaste. ¿Cómo le harían los Mayas? Ellos la pensaron para el descanso, para suspender el cuerpo del suelo caliente, para dormir a salvo de insectos, culebras y humedades. ¡Ojo!, para mecer el cansancio y no el deseo. Aunque es otro tipo de deseo no cumplido lo que te tiene aquí. En ella el cuerpo se entrega, no controla, nada encuentra apoyo firme, todo se balancea cuando debería anclarse, clavarse. El sexo necesita suelo, la hamaca, en cambio, exige rendición. Tal vez por eso ahora raspa, protesta, se tensa mal: no fue hecha para el vaivén de tu urgencia agónica ni para el peso de tu ideación suicida, sino para sostener a alguien que realmente quiere dejarse caer sin resistencia.
Al menos elegiste bien tu instrumento de muerte; porque resistir fue siempre tu manera estúpida de existir: resistir al cuerpo, al tiempo, al olvido, a la página en blanco, a amanecer hinchado de la cara y sentirte viejo, a darte cuenta que la creatividad se volvió una cuerda floja y tú aprendiste a fingir equilibrio. Pero hasta para morirte resistes. La cabeza se te volvió museo, archivo, hemeroteca de gestos ante la Santa Muerte, no para imitarlos, sino para no mirarte. Pensar en ellos te ahorra pensar en ti. Y así, sin darte cuenta, empiezas a ordenar la muerte como si fuera una biblioteca: por agua, por bala, por filo, por exceso, por ceremonia.
Como adorador de Poseidón debiste optar por sumergirte en agua como Virgina Woolf o Alfonsina Storni, pero pensaste que era muy femenino. Creíste que hay correlación entre los suicidios por inmersión y lo femenino, (así o más misógino) pero, podría no ser cierta. Ángel Ganivet se tiró en Riga de un barco; granadino precursor del otro granadino de los Toros de Guisando, del verde que te quiero verde y las sábanas blancas a las cinco de la tarde. Paul Celan se tiró en el Sena, un mes y siete días después al día y fecha de tu nacimiento. Los machos se pegan un tiro en la cabeza, en el pecho, boca o garganta como Hemingway, Hunter S. Thompson, Pedro Armendáriz, o en ruleta rusa como Mayakovsky. El vocalista de Nirvana se pegó un tiro y era un tanto andrógino baby face melenudo, pandroso. Van Gogh era más loco que marica, Hitler más insane no podía estar y se enamoró de su arquitecto. Y Luis Gonzáles de Alba, con un tiro en la tetilla un dos de octubre, se hincaba en las Ramblas en Barcelona y no a rezar precisamente, aunque era del altiplano blanquiazul. La mayoría de los rockstars, estrellas de cine y famosos de hoy suelen hacerlo de sobredosis y así confundirlo con sus hábitos normales de fin de semana. Un harakiri en plan Mishima, o en el coche en Altavista a lo Rita Macedo, abrirse el vientre a lo Salgari, a puñaladas como Nicolás Chanfort, mejor hubiera esperado que me matara la sífilis.
La noche anterior te dijiste lo más duro y doloroso que le puedan decir a alguien. Crees tener talento para escribir, pues no lo tienes. Has fracasado en todas las formas en que un ser humano puede hacerlo. Como hijo, como hermano, como amigo, como pareja, como amante, como escritor, como pintor (en un bloque creativo te pusiste a pintar cosas horrendas), como padre (y no de un gato) como prójimo, como transeúnte, como conductor, como cibernauta, como gay, como bi, como símbolo sexual, como semental, como adicto, como influencer, como televidente, como ciudadano, como Piscis, como deportista, como payaso, como anfitrión, como cliente, como proveedor, como insighter, como storyteller, como comediante, como empleado, como dramaturgo, como poeta, como guionista, como animal, como flor como fruto, como enfermo, como creativo, como innovador, como héroe, como explorador, como humano, como trans-humano, como singular, como social, como creyente, como ateo, como pensador, como idiota, como necio, como auténtico, como siervo, como loco y hasta como yo.
Ese fue el año en que mi casa empezó a vaciarse sin quedar vacía. Eso fue lo más humillante. Cuando las deudas dejaron de ser abstractas y empezaron a tener fechas. Y cada vez fueron más frecuentes los mails de Hacienda: se te invita a cumplir con tus obligaciones fiscales para evitar multas; y esa conexión celular fragmentaria, discontinua y que se dice inteligente, me cobraba cada veinte minutos en distintos husos horarios, al mismo tiempo me ofrecía descuentos y bonos hasta por quince mil pesos con AMEX en Best Buy. Llegué a sentir paranoia de Siri espiándome y avisando a mis acreedores cuando estaba en casa. En poco tiempo dejé de ser el cliente perfecto de los bancos que pagaba cada mes su adeudo completo, para ser acribillado por una máquina que marcaba todo el día a mi casa. Cada vez que sonaba el timbre del teléfono, veía la imagen de un judío silencioso y aterrado tras una pared falsa mientras soldados alemanes la escudriñan con un estetoscopio, el otoño de 1942 en Varsovia.
Mi despensa se veía más grande de tan vacía, solo había arroz y latas de atún. Esa solía ser mi dieta para marcar el abdomen, pero ahora era por muerto de hambre. La pobreza entró a casa por goteo: anticipos cada vez más pequeños, silencios cada vez más largos, correos que empezaban con “nos encanta tu trayectoria” y terminaban con “pero”. Mi editorial de siempre —esa que me había leído cuando era un suceso — empezó a hablarme como a los autores de la lista negra que ya no venden: con cariño administrativo. Decía, está bien escrito… bien escrito, que el problema no era la forma sino la repetición; que mi voz se había vuelto reconocible en el peor sentido, predecible; que estaba dialogando conmigo mismo y nadie más estaba invitado a la mesa. “Falta riesgo”, decían. “Falta novedad”. “Falta dar un salto”. Como si el salto fuera una decisión y no un abismo. El dinero dejó de alcanzar, las regalías se atrasaban, los premios se convertían en anécdota, y la creatividad —esa palabra que antes te defendía— empezó a aparecer en las conversaciones como un problema técnico. No es que escribieras mal, te decían, es que ya no estabas escribiendo hacia adelante. Y así, entre la pandemia y el bajo rating, entendiste que la repetición no solo empobrece la obra: empobrece al autor. Y que a veces el hambre no viene del estómago, sino de no saber cómo escribir lo que todavía no existe.
Así decidí anunciar la renta de un cuarto de mi departamento. Podría pagar el mantenimiento, a mi contador y hasta tal vez, hablarle al dealer más seguido. Fue solo un cuarto, solo un cuarto. El gesto mínimo del despojo. El sacrificio “razonable”. El espacio que, según yo, no afectaría mi escritura. ¡Mentiste otra vez!
Abandonar a tu familia, a tu hijo, no fue un capricho sino una decisión ética muy retorcida. Te fuiste porque necesitabas silencio, tiempo, autonomía. Porque alguien te dijo —o te dijiste— que para escribir hacía falta cerrar una puerta. Ese cuarto propio era la coartada perfecta: esto es lo que elegí en lugar de estar ahí.
Y lo peor es que tenías una justificación culta, con nombre y apellido, a tu altura megalómana: la autora que convirtió una habitación en argumento. Habías leído esa idea como quien lee una absolución: no se puede escribir sin dinero y sin un cuarto propio; sin independencia, sin un lugar donde nadie te interrumpa, donde la vida doméstica no te reclame con sus dedos sucios de realidad.
Claro, ella hablaba de un mundo que les negó a las mujeres la posibilidad de tener ese espacio y ese tiempo y en 1929 y en Cambridge. Pero tú, con tu talento para la trampa elegante, lo tradujiste a tu conveniencia: si estorban las interrupciones, estorba todo lo que interrumpe. Y entonces metiste en el mismo saco —con tu machismo de autor sensible— el ruido de una olla, el llanto de un bebé, la conversación de pareja, el ¿vas a bajar a comer?, el acuérdate que mañana... Tu parecía un obstáculo logístico. Un distractor del ritmo. Una amenaza para tu soberanía. Y como eres experto en justificarte con literatura, convertiste el abandono en disciplina creativa.
Las noticias de la pandemia de Covid y el aislamiento terminaron con mi ideación suicida y este ensayo de mi auto-crimen se volvió a prisa un borrador muy borrado de un mal intento de novela para salir del paso y convencer a mi editor de una nueva publicación, pero volvió a decir que no veía nada nuevo en mí.
Sadi llegó con su mochila, sus audífonos, su risa fácil y su manera insolente de existir sin pedir permiso. Había nacido a fines de los noventa, en ese pliegue generacional donde todo parece empezar de nuevo cada mañana. No conocía el mundo anterior a la pantalla, y eso lo volvía impermeable a la nostalgia, a la duda, al peso del tiempo. Vivía como si cada gesto fuera inaugural, como cualquier Millennian, como si nadie hubiera amado, escrito o fracasado antes que él. De los que creen que Jackie Chan inventó la bufonada acrobática y no Buster Keaton o Chaplin.
Sadi no te quitó el escritorio. Te quitó algo peor: la certeza de que la puerta cerrada garantizaba quién eras. Ahí entendiste que el cuarto propio no es solo un espacio: es una ficción de autonomía… y que cualquier economía miserable puede desmentirla, pudo ser cualquier otro crack.
Entre el alivio de poder salir por fin a la calle sin cubre-bocas y al menos tres vacunas de Pfizer, Sadi se movía por el departamento con total seguridad, impulsivo, básico, convencido de su originalidad. Vivía sin cálculo, sin esa sospecha constante de haber llegado tarde a su propia vida. Al principio me irritaba su desparpajo, su manera de ocupar el espacio como si el mundo fuera un borrador eterno, pero poco a poco —y sin admitirlo— empecé a acomodarme a su ritmo. No porque lo compartiera, sino porque resistirlo me agotaba más que tolerarlo.
Mi incómodo inquilino tenía un cuerpo todavía no gastado por la duda. Delgado, flexible, mal conscientemente atractivo, de esos cuerpos que no saben que lo son porque nunca les ha hecho falta pensarlo. Debo reconocer que tenía el culo puesto en su lugar y un olor a almizcle rancio que hace que algunas especies del reino animal logren siempre aparearse. Caminaba descalzo por el departamento como un neo Errol Flynn llegando a corromper la doble moral de Hollywood a mediados de los 30s. El torso apenas marcado, imaginaba que su piel siempre estaba tibia, como si acabara de llegar de algún lugar donde el tiempo no pesa, quizá de follar. No me incomodaba mirarlo demasiado, no por deseo —o no solo—, sino por la comparación inevitable: él todavía habitaba su cuerpo sin culpa. No negociaba con él, no lo disciplinaba, no lo usaba como excusa ni como penitencia.
Aprendiste a convivir con su ruido, con sus horarios erráticos, con la música que sonaba como si siempre fuera viernes. Dejaste de corregirlo en silencio. De pronto, la insolencia dejó de parecerte una amenaza y empezó a recordarte algo que no querías nombrar: tú también fuiste así.
Hubo un tiempo en que creíste que cada frase tuya inauguraba el mundo, que escribir era una manera de entrar sin tocar, de ocupar lugares sin pedir permiso. En Sadi reconociste esa impunidad primera, esa certeza previa a la pérdida, y aunque te molestaba su ligereza, te tranquilizaba comprobar que todavía era posible existir sin el peso de la autoconciencia.
Te descubriste pensando en esa libertad con una mezcla de ironía y hambre. No era que Sadi te atrajera, aunque alguna vez oliste su ropa interior en el baño pensando que te podía erotizar y casi vomitas. Seguramente días antes habías visto “Call me by your name” de Guadagnino. Te repetías que te recordaba una versión tuya anterior al cálculo: cuando el sexo era impulso y no argumento, cuando la promiscuidad no pedía coartada emocional, cuando el deseo no exigía lealtad ni promesas. Tu bisexualidad siempre había sido más práctica que identitaria, más corporal que discursiva, y en esa crisis pandémica volvió a aparecer así: como una forma de no fijar territorio, de no comprometerte con nada que te pidiera continuidad. Y eso hizo que entraras más seguido a Grindr.
Sadi no seducía: ocupaba. Su presencia tenía esa cualidad peligrosa de lo disponible sin expectativa. Para él, el cuerpo era tránsito, no proyecto. Y eso, para un escritor en crisis, era doblemente provocador: por lo que insinuaba y por lo que negaba. Tú, que habías erotizado la inteligencia, la palabra, el silencio compartido, te encontraste añorando algo más básico: la ligereza de no tener que explicar nada. La facilidad de entrar y salir sin dejar huella.
Convivir en paz fue una forma menor de rendición. Aceptaste que el cuarto ya no te pertenecía del todo y que, aun así, podías seguir escribiendo —o al menos intentándolo— entre interrupciones. Sadi no te pedía nada. No te exigía sentido, ni profundidad, ni respuestas. Y esa falta de expectativas, paradójicamente, te dio tregua. Su mundo no te juzgaba; simplemente no te esperaba. A ratos, esa indiferencia fue un descanso.
Te sorprendiste riendo con él, escuchándolo hablar de cosas que no importaban, tolerando su entusiasmo como se tolera un espejo incómodo: no porque diga la verdad, sino porque refleja una versión tuya que alguna vez fue posible. En esa convivencia precaria entendiste que la paz también puede ser un acuerdo tácito con lo que no entiendes, y que incluso la insolencia —cuando no pide explicación— puede convertirse en una forma torpe de compañía.
Pero, aunque se te antojó más de una vez, y llegaste a pensar que se te insinuaba de algún modo, nunca sentiste que entrara un inquilino: sentiste que expropiaban la última frontera de tu identidad. Tu habitación propia, tu pequeño país independiente, tu isla, tu extensión de placenta, tu impronta, empezó a ser un territorio compartido. Y compartir es una palabra que a ti siempre te suena a derrota.
Su presencia no fue solo un arreglo económico, fue una intrusión simbólica: alguien más respirando en el perímetro donde creías que nacían las frases, los diálogos, las atmósferas que respiran entre renglones, el templo sagrado donde se paren historias que pueden hacer llorar al mundo, un territorio de personajes que deambulan buscando conflicto, contradicción o herida.
El silencio dejó de obedecerte. El tiempo se volvió poroso. Descubriste que la intimidad del escritor no se rompe cuando entra otro cuerpo, sino cuando ya no sabes dónde empieza el tuyo.
Despues de algunos meses te convenciste que ese roce era necesario, que hay escrituras que solo avanzan cuando algo se pierde: comodidad, control, pureza. Que a veces al escritor hay que quitarle cosas para que vuelva a escribir. Qué en ese despojo, ocurren cosas que no caben en ningún método: el temblor previo a escribir una línea honesta, la vergüenza de releerte en voz alta, la pulsión absurda de tachar lo mejor por miedo a haber sido demasiado claro. Ahí sudabas. Ahí te dolía la cabeza. Ahí te entraban ganas de llamar a alguien que no iba a contestar. Ahí una frase tardaba horas porque estaba cargada de una decisión moral, no de una forma correcta.
Ahí las historias no nacían limpias. Nacían torcidas, atravesadas por recuerdos que preferirías no tener, por culpas que no se resuelven con estilo, por deseos mal formulados. Ahí un personaje se te parecía demasiado y por eso lo movías de lugar, lo negabas, lo castigabas o lo salvabas sin merecerlo. Ahí escribir era exponerte, no resolver. Sostener una frase, aunque supieras que te delata. Fallar con identidad.
Ese cuarto ya no propio guardaba cosas que no se enseñan: olores viejos, ruidos mínimos, interrupciones necesarias. El cuerpo entraba al texto con sus límites —el cansancio, la migraña, el hambre— y eso era parte de la historia. Nadie podía escribir desde tu hinchazón al despertar, desde el miedo a envejecer, desde la incomodidad de elegir una puerta cerrada en lugar de un abrazo. Nadie podía escribir desde esa culpa sin cargarla.
Por eso dolió tanto compartir el espacio: porque el cuarto no era un lugar, era un pacto. Y romperlo no te quitó metros, te quitó la certeza de que escribir exigía pasar por ahí, por el cuerpo, por el error, por la vergüenza.









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