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ALGO DEL RITMO DE EUCLIDES

hace 4 días
8 min de lectura

MOSAICO 3— FAUSTINA


Raquel, mi terapeuta me pidió que grabara mis sesiones para escucharme desde afuera, como si editar mi propia voz pudiera darme perspectiva. La verdad se me hizo una estupidez cuando me lo pidió. Casi nunca he creído en los ensayos científicos sobre la mente ni en esas teorías de manual que pretenden explicar la psique humana desde un diván. Vengo a terapia por una razón mucho menos noble: porque, aunque edito ficción como si fuera cirugía mayor, con mi hijo no tengo bisturí que alcance, y aquí al menos aprendo a no desmoronarme delante de él o a no descuartizarlo tanto.


Aunque no pensé que lo haría, terminé activando el play de la grabadora de mi celular en su consultorio. Es judía, brillante, y en LinkedIn dicen maravillas de ella. Jamás he entendido si viene de una escuela freudiana, lacaniana o algún híbrido inventado por ella misma. Pero es la única con la que he hecho verdadera química; después de varios terapeutas en los últimos quince años, lo cual ya es decir mucho, porque yo soy, aceptémoslo, bastante intolerable incluso para mí.


Pues bueno —ella permite grabarme— y yo guardo el audio en mi carpeta privada de la laptop. Después lo paso a texto, por deformación profesional, porque no sé leer nada sin subrayarlo de amarillo o corregirlo mentalmente.

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Lo de la playlist fue idea de ella: un ejercicio absurdo que acepté porque a veces las metáforas ayudan más que la lógica, si lo sabré yo. Dijo que las canciones que elegimos son otra forma de narrar, de contar un poco nuestra historia. Hasta me sugirió leer algunos autores (todos publicados en la competencia) que hacen etnografía y han usado la etnomusicología y la antropología de la música para explorar la relación entre la música y las narrativas de vida. Mi hijo un día me explicó que se llama "banda sonora" (soundtrack).

Los autores de la etnomusicología se centran en cómo la música da sentido a las experiencias y la construcción de identidades individuales y colectivas.  Hay una tal Tia DeNora que ha investigado extensamente cómo las personas usan la música en su vida cotidiana para moldear sus estados de ánimo, construir rutinas y definir su identidad personal, y analiza cómo la música se convierte en parte integral de la experiencia vivida, actuando efectivamente justo como una banda sonora de una película, pero personal.

 

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RAQUEL: Faustina, la semana pasada hablamos de tu insomnio, de tu necesidad de control, de tu miedo a desordenarte. Hoy me dijiste que querías hablar de tu ex… Quiero decir del padre de tu hijo ¿Podemos empezar por ahí?...  


FAUSTINA: ¿Esa pausa fue para recalcar que después de él, no tuve ningún otro ex del que valga la pena hablar?


RAQUEL: No hice ninguna pausa. Pero si te refieres a que llevas 18 años yendo y viniendo en relaciones en las que eliges al mismo tipo de hombre. Dieciocho. Todos con la misma sombra, el mismo aire de tragedia, la misma creatividad que te deslumbra y al mismo tiempo te destruye. Cambian los nombres, los oficios, los discursos… pero todos son variaciones de él.


FAUSTINA: No es cierto. Ya superé todo eso hace mucho.


RAQUEL: No, lo intelectualizaste. Que no es lo mismo. Superar es dejar de repetir. Tú repites con precisión de editora.


FAUSTINA: Menos mal que no erré en mi vocación. De algo tenía que servirme mi trabajo, en todos estos años tuve que aprender a editar mi vida como lo hago con un manuscrito arruinado: tachando lo que me lastimaba, corrigiendo lo que podía salvarse y arrancando páginas enteras cuando el daño ya era irreversible.


RAQUEL: Así has vivido tu duelo, tachando en los libros de tus autores, corrigiendo a sus personajes, los subrayas, los haces erratas.  Pero sigues enganchada a ese hombre atormentado, el genio autodestructivo.


FAUSTINA: ¿Cómo te acuerdas de todos los adjetivos que he usado para referirme a él?


RAQUEL: Ese es mi trabajo


FUSTINA: Con lo que me cobras, no es para menos… ¿pero por qué no mejor te enseño la lista de canciones que me pediste?


RAQUEL: Pensé que no lo harías, por la cara que pusiste cuando te lo sugerí, no te lo exigí, por como lo dices, no esperaba que lo hicieras.


FAUSTINA: Ay Raquel, he escuchado tanta música en mi vida que tu ejercicio del soundtrack me parece casi una crueldad metodológica. La música fue siempre mi refugio, mi distractor, mi forma de no pensar. Tengo décadas de playlists clasificadas por género, por voces masculinas o femeninas, por la persona gramatical de la letra, las tengo como antologías por épocas, pero nunca las he clasificado por las emociones o sentimientos que me provocan.


Pero ahí te van, si quieres podemos buscarlas en Spotify y oírlas de fondo mientras te leo.

 

 


 

“Fade Into You” – Mazzy Star (1993)

Siempre que escucho esta canción vuelvo a tener veinte años y a hasta parece que vuelvo a verlo entrar al salón de teoría literaria, cómo me miró, lo miré… y algo se hundió entre nosotros. Él entró con esa torpeza encantadora que solo tienen los hombres destinados a complicarte la vida.


Estábamos en la universidad, en el campus todos estaban enloquecidos por el lanzamiento de Google y el escándalo de la Lewinsky. Recuerdo que la canción sonaba en mi CD player portátil cuando él se sentó junto a mí por primera vez, y me preguntó si podía leer mi ensayo antes de entregarlo. No lo dijo por humildad, sino por curiosidad: quería saber si alguien podía pensar distinto que él. Yo quería ser escritora; él también. 


Esa canción me persigue porque marca el inicio de algo que, en su momento, parecía amor.  Una canción que define la atracción que no eliges. Ese deslizamiento suave hacia un otro que no pediste, pero que termina habitándote. Así entró en mi vida, desvaneciéndose dentro de mí, entre esas ventanas empañadas del salón y la luz entrando como si también quisiera ser espectadora.


En esos años los dos estábamos convencidos de que la literatura era un país al que podíamos mudarnos. Él ya escribía con una seguridad irritante; yo anotaba todo como si algún día esas notas fueran a salvarme de algo.

 

Enjoy the Silence – Depeche Mode (1990)

 

El amor no empezó con palabras: empezó con la ausencia de ellas. Éramos dos silencios que se reconocían, no dos voces que se buscaban. Yo nunca he confiado en la gente que habla demasiado; la charla fácil me produce desconfianza, como si ocultara una prisa incómoda por llenar huecos que solo deberían quedarse vacíos y también creo mucho en una frase que alguna vez me dijo mi abuela: “Desconfía de quien siempre sonríe”. Él, en cambio, tenía la extraña virtud de callar sin pedir disculpas. Su silencio no era torpeza: era una forma de presencia. Una manera de decir ‘estoy aquí’ sin insistir y sonreír no es precisamente el gesto natural de él.


Con el tiempo, ese silencio se volvió territorio. Él trabajaba en sus cuentos, yo corregía los míos —más bien los de otros, porque ya entonces comenzaba a entender que mi vocación se inclinaba más por la precisión del escalpelo que por la del trazo original. En las bibliotecas, en los pasillos, en los cafés baratos de la universidad, en algunos antros de moda, en las fiestas de la facultad, nuestra complicidad se formó sin que ninguno de los dos la empujara. Era la compatibilidad involuntaria de quienes respiran mejor cuando nadie les exige brillar.


No fue un amor de arrebatos —aunque los tuvimos— ni de declaraciones. Sexualmente no podría decir misas, pero no le pondría queja alguna. Nuestro amor creció como crecen las raíces de un árbol que nadie sembró deliberadamente: hacia abajo, hacia lo recóndito. No nos sedujo lo evidente, sino lo que se insinuaba: el modo en que él sostenía un libro, el gesto inconsciente de empujar sus lentes, la forma en que yo devolvía frases con una ironía mínima, casi imperceptible, pero que él captaba siempre. Y aunque me duele admitirlo, el escritorcito incómodo siempre ha exudado sensualidad.


No sé si llamarlo amor; quizá fue otra cosa. Una alianza secreta entre dos personas que entendían que la intensidad no necesita ruido.


A veces pienso que no nos enamoramos: nos encontramos. Y encontrar a alguien en silencio —en un mundo saturado de voces, discursos y egos desbordados— es una rareza. Eso, supongo, fue lo que me atrapó. Y lo que también, inevitablemente, me rompió más adelante. Pero en ese entonces no lo sabía. En ese entonces solo escuchaba a Depeche Mode y entendía, sin entender realmente, que había vínculos que nacen del silencio y mueren cuando alguien decide hablar demasiado, o escribir demasiado.

 

Everybody Hurts – R.E.M. (1992)

 

A veces pienso que escuché Everybody Hurts más de lo que escuché mi propia voz aquel año. Era 2008 y todo parecía fracturarse al mismo tiempo: sus manos temblando sin razón, mis náuseas que no sabía si eran del embarazo o del futuro que se nos venía encima. Esa canción apareció como un comentario irónico del universo, un recordatorio de que el dolor es democrático, pero su reparto siempre es injusto. No estoy segura que alguna vez él haya sentido dolor.


Después de 10 años maravillosos, no supo sostenerse. Peor aún: quiso que yo lo sostuviera. Él, que antes parecía invencible en su coraje literario, de pronto se convirtió en un animal herido, pidiendo más cuidado del que yo podía —o quería— darle.


Lo vi desmoronarse en cámara lenta: bloqueos creativos, noches sin dormir, ansiedades que él disfrazaba de poesía y pretextos para cada vez tomar más whisky. El embarazo lo expuso. Le quitó esa máscara de genio atormentado y dejó solo al hombre que no sabía qué hacer con una vida que dependía de la suya. Tal vez fue cuando descubrió que no tenía el talento que siempre creyó tener.


Nunca vio a su hijo como una promesa, sino como una interrupción: un latido ajeno que le exigía renunciar al suyo:

… Y si la paternidad termina apagando eso que todavía no tengo? Tengo miedo, Faustina. Miedo de que al darle vida a alguien más, pierda la única vida que realmente sé habitar: la de mis páginas…


Estupido. Yo, también me cagaba de miedo. Me enteré del embarazo, justo cuando empezaba a hacerme un nombre en el medio editorial. Bastante tenía yo con haberme resignado en esos años a que jamás sería la escritora que quise ser. Por más paciencia amarga que tuve, aprendí a renunciar a mi sueño y a él.


Y para aprender a renunciar a ambos, me volví piedra. Rocosa, fría, funcional. Cuando su fragilidad se disparó, la mía se escondió en algún rincón donde no pudiera traicionarme.

Nunca me he permitido llorar frente a nadie; mucho menos frente a él. Y creo que eso lo enfureció. No soportaba mi fortaleza porque lo obligaba a ver su propia debilidad. Él quería que yo colapsara con él, que me derrumbara como prueba de amor. Pero amar no es desmoronarse juntos. Amar, para mí, fue mantenerme de pie mientras él se hacía trizas. Con los años entendí que esas crisis eran cíclicas en él.


La ruptura no fue una pelea ni una escena dramática. Fue una acumulación de grietas, mismas que de algún modo terminé heredando a mi propio hijo.

Nuestro rompimiento fue una sucesión de pequeños derrumbes: la forma en que él me miraba cuando yo no lloraba; la manera en que yo apagaba la luz apenas él empezaba a hablar de miedo; el silencio tenso cuando mencionábamos al bebé sin saber si referirnos a él nos unía o nos terminaba de separar.


Everybody Hurts sonaba en algún departamento cercano la noche en que él me dijo, con una honestidad que dolió más que cualquier insulto: No puedo con esto. Y yo, que nunca he sabido pedir ayuda, respondí: Yo tampoco. Fue la primera verdad compartida en meses. Y la última.



 

 
 
 

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