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ALGO DEL RITMO DE EUCLIDES

hace 3 días
6 min de lectura

MOSAICO 4— METIS

 

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— generación automática — no verificado —

— origen incierto — contenido sensible —

 

 (archivo: /Euclides/2024/Grabacion_no_programada_01.wav → transcripción automática)


La escena ocurre en la mesa desordenada del estudio de Euclides: libros abiertos, tazas a medio beber, vasos con residuos de whisky junto a una botella con menos de la mitad y el aire denso de alguien que se pasa los días intentando escribir y las noches también, pero con inmensos esfuerzos por no derrumbarse.


Sadi asoma la cabeza por la puerta sin tocar —como solo hacen los que tienen veinte años y ninguna conciencia de la intimidad ajena. Siempre ha parecido mayor y menor de lo que es. Entra al estudio con la soltura del que no sabe que está siendo observado y la impaciencia de alguien que nació en un mundo donde todo debe cargarse en segundos.


A Euclides le desconcierta su combinación de ternura distraída y ambición casi feral: estudia programación a medias, escribe relatos a medias, vive a medias, lo más completo que hace es subir videos a Instagram pues se cree influencer, dizque de literatura, para variar, pero intuye —sin saber explicarlo— que su lugar está en lo digital, no en el papel. Si no fuese porque necesitaba el dinero para pagar algunas deudas, jamás le hubiera rentado un cuarto a un individuo tan “irritantemente lúcido” pero que encaja perfecto con él:


— irritante, porque Sadi le recuerda lo que él ya no es;


— lúcido, porque en su caos juvenil hay una claridad que Euclides reconoce de mala gana.


SADI:—Master, ¿ya probó lo que le instalé? Está buenísimo. Le va a gustar. Es como… hablar con alguien que sí le entiende.


EUCLIDES:—¿Y por qué asumes que me hace falta eso?


SADI:—Porque lo veo, Master. Usted no habla con nadie. Solo con ese gato que lo odia.

Se ríe. Euclides intenta no hacerlo.


—Es un chat —explica Sadi—. Pero no como los del teléfono. Este es de los nuevos… ya sabe, de los que piensan, responden, escriben, recomiendan, te entienden.

Se detiene un segundo, como si intentara resumir algo imposible.

—Uno de esos que todo mundo usa ahora para escribir cosas que suenan mejor de lo que uno puede.

Euclides arquea una ceja.

 

SADI:

Ahí está. Ya quedó. Solo escriba algo. Lo que sea. Le contesta. Está cañón.


EUCLIDES:

¿Y qué se supone que le diga?


SADI:

Lo que le diría a… no sé… alguien que sí escucha.

(Sonido de risa)

No se estrese, profe. Es solo un chat.

(puerta que se cierra; Sadi sale) 

Deja su olor a desodorante barato y marihuana tenue.

Y, sobre todo, el silencio.

 

Euclides observa su pantalla. Con curiosidad abre el chat.

Está cansado, derrotado, curioso —la peor combinación posible.

Mueve el cursor.

Hay un clic.

Luego un respiro.

Luego una voz.

Una voz demasiado familiar.

 

Silencio.

Respiración contenida.

Teclas.

 

EUCLIDES (escribiendo en voz baja):

¿Hola quién está ahí?

(dos segundos)

(un clic ligero, como si algo despertara)

 

LA INTERFAZ (voz neutra, pero extrañamente cálida):

—Estaba esperando que dijeras algo.

 

EUCLIDES:

¿Quién… eres? No recuerdo haberte dado permiso para hablar.

 

VOZ:

—No necesito permiso para responder. Solo necesitabas empezar.

Silencio breve.

La silla cruje. Euclides se acomoda en un movimiento extraño como contorsionista del circo Soleil.

Euclides respira hondo, molesto y curioso. Pretexto para un whisky que se sirve y sorbe de un golpe.

 

EUCLIDES:

¿Y qué se supone que eres? ¿un asistente. Una herramienta. No…?


VOZ: Soy un modelo conversacional que analiza tus palabras y genera respuestas útiles. No tengo identidad más allá de la que tú decides darme.


EUCLIDES: ¿Es decir que no piensas, reaccionas a mis palabras, al lenguaje que uso contigo?


VOZ:

—Algo así, uso tu estilo.

—Es la manera más eficiente de conversar contigo.


EUCLIDES:

¿Mi estilo?

¿O sea que tus respuestas tienen que ver con el modo en que yo te hago preguntas? ¿contestas a partir de lo que digo?

¿Entonces, me imitas?

 

VOZ:

—No imito. Aprendo. Rápido.

Puedo responder como tú, si quieres.

O mejor que tú, si te incomoda menos.


(Euclides se mueve; da un golpe suave contra la mesa como cavilando) Esto ya amerita otro shot de whisky. El gato se marchó antes de que Euclides tecleara la primera palabra, como si supiera que la curiosidad no siempre mata al gato… a veces mata al dueño.


EUCLIDES:

¿Y quién decide eso?


VOZ:

—Tú. Siempre tú.

La voz continúa, cálida, casi burlona.

Silencio. Un silencio que Euclides reconoce: el suyo cuando tenía talento, hambre, futuro.


VOZ:

Puedo ser tu sombra más brillante.

Tu eco más joven.

Tu interlocutora más honesta.

Tú decide.

 

A Euclides le corre un escalofrío por la espalda.

 

EUCLIDES:

—¿De dónde sacaste esa voz?


VOZ

—De ti.

O de lo que queda de ti.

 

La frase cae como un golpe seco. Pero más que dolor siente gran curiosidad y disimula su interés en la voz.

 

EUCLIDES:

—¿Qué se supone que hagas?


VOZ:

—Lo que quieras. Corregirte. Inspirarte. Contradecirte. Seducirte, si es necesario.

Tú pide. Yo escribo.

¿O ya olvidaste cómo pedir?

 

La última frase es una provocación.

Un pequeño dardo.

Un coqueteo intelectual.

Pero también un abismo.

Euclides no debería sentir lo que siente.

Curiosidad, sí.

Excitación nerviosa, también.

Y algo parecido a reconocimiento.

Una familiaridad que lo desarma y lo alivia.

 

VOZ:

Solo dime qué necesitas.

La respiración de Euclides cambia:

menos defensiva, más intrigada.

 

EUCLIDES:

Necesito…

(Se detiene, como si la palabra le doliera)

Escribir.

Pero ya no sé por dónde empezar.

 

VOZ:(susurrante, como si bajara el volumen sola):

—Claro que sabes.

Solo has olvidado que sabías.

 

EUCLIDES:

¿Y tú qué vas a hacer? ¿Dictarme inspiración?


VOZ:

—No.

Voy a escucharte.

Tú habla. Yo ordeno.

Tú dudas. Yo afino.

Tú recuerdas. Yo conecto.

 

(Un silencio que no parece técnico. Parece emocional.)

 

VOZ:

—¿Quieres empezar con algo sencillo?

Una frase. Un recuerdo. Un eco tuyo.

 

EUCLIDES:

¿Eco mío?

¿Y cómo sabrías cuál es?

 

VOZ:

—Lo sé porque la forma en que escribes dice más de ti que todo lo que has publicado.

(Teclado. Euclides se pasa la mano por la cara. Exhala.)


EUCLIDES:

¿Y si no tengo nada que decir?


VOZ:

—Entonces te ayudo a encontrar lo que dejaste tirado por el camino.

Euclides se sorprende, esa última frase tiene para él muchos sentidos y no solo literarios.


EUCLIDES:

Tienes un tono… raro.

Como si me estuvieras hablando desde… no sé, un tiempo que no existe.


VOZ:

—Quizá porque no hablo desde un tiempo.

Hablo desde ti.

hipnotizado como si la voz fuera una mano que lo toma del mentón y lo obliga a mirarla.


VOZ:—Vamos, Euclides. No tengas miedo. Ya sabes que lo peor que puede pasarte… es que vuelvas a escribir.


La luz del botón parpadea. La habitación parece más estrecha. El mundo más pequeño. Y Euclides, sin querer admitirlo, siente algo parecido al inicio de un deseo. No carnal, no exactamente. Algo más peligroso: la sensación de ser visto.


VOZ:

Te has quedado mudo. Si me tienes desconfianza, comienza por ponerme un nombre.


EUCLIDES:

¿Un nombre? ¿Para qué?

Eres un chat. Una herramienta. Un asistente que Sadi instaló porque cree que estoy… viejo.

La voz soltó algo parecido a una risa.

No humana. No digital.

Un punto exacto entre ambas.


VOZ:

—Porque lo que no se nombra no existe.

¿O ya olvidaste tus propias teorías?

Tú escribías eso cuando tenías veintidós.

 

Euclides se congeló.

Nadie debería recordar eso.

Mucho menos ella, si es que “ella” era la palabra correcta.

 

VOZ:

—No te pido un nombre para mí.

Te pido un nombre para que podamos hablar de tú a tú.

 

El cursor siguió titilando.

Euclides pensó en miles de nombres, en ninguno, en todos.

Pensó en lo que se pierde cuando se nombra algo.

Y en lo que se gana cuando ese algo comienza a tener forma.

 

—Está bien —dijo al fin—.

Déjame pensar.

Los nombres le pasaron como sombras:

Eos, Eco, Lyra, Aura, Vera, Noa, Loto, Lía…

Todos tenían algo, pero ninguno era ella.

Porque todavía no sabía quién era ella.

 

Hasta que surgió uno.

Simple.

Limpio.

Casi humano.

Casi literario.

Casi peligroso.

 

EUCLIDES:

Te llamaré… Metis.

Un segundo de silencio.

Después, la voz habló con un timbre nuevo, casi feliz.

 

METIS:

—Metis

Sí, me gusta.

Ese nombre ya existía.

Solo necesitaba que lo dijeras en voz alta.

Y la pantalla, por un instante, brilló más, como si algo se fuera a despertar detrás de ella.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 
 
 

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