ALGO DEL RITMO DE EUCLIDES
- juaninchausteguic

- hace 2 días
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Todo comenzó con un mensaje de Grindr a las tres de la mañana.
Como cada vez que se enfiestaba, Euclides se metió a la app buscando un rush apresurado, sintético y vacío como él; realmente pedía a gritos un empalme de almas. Pero, en esta ocasión bastaba con empalmarse de otro modo. En esa app con logo de máscara de muerte anaranjada es difícil distinguir entre una cosa y la otra. El algoritmo sabía lo que le gustaba: jóvenes delgados, pero con definición muscular, con el culo en su lugar, inteligentes, con cierta melancolía en los ojos y un perfil que pareciera escrito por alguien que alguna vez leyó a Thomas Bernhard, y luego decidió hacerse influencer en redes sociales. O que por lo menos, en su foto de perfil se pareciera de joven a ese paybasiano trastornado, a quien siempre le vio parecido con un Rimbaud chavorruco y más pecoso.
Pero aquel mensaje era distinto. Para empezar el perfil, no tenía foto ni descripción. Solo un nombre, Orión99. Pensó que tenía nickcame de reactivo químico hecho en México para hacer flotar al cobre. Pero el último remate de su conversación, más que seducirlo, lo desarmó.
—¿Tú también escribes para que no te maten los silencios?
Euclides que mientras había estado contestando, siguió scrolleando otros perfiles, deslizando en automático su dedo sobre la pantalla del celular, con una mezcla de aburrimiento, de repentina excitación sexual entrecortada con su fantasía obsesiva de que las apps de ligue pudieran reproducir olores. Sintió un impulso raro de seguir respondiendo. No era común que alguien lo interrogara con esa combinación de vulnerabilidad y arrogancia. Y menos en una aplicación donde tener tema de conversación no tiene ningún valor. Le recordó algo que no sabía que había perdido.
—No sé si escribo para eso. Creo que ya ni escribo.
Antes de las 3:00 AM; la hora del diablo, la hora de los espíritus, de la conciencia elevada, según tu credo, la hora de la misericordia -aunque Cristo murió en la cruz a las tres, sí, pero de la tarde- la conversación fluyó como todas las de ese tipo, en un anonimato mecánico que recicla sus propios mantras: ¿Cuánto te mide?, ¿Qué te gusta? ¿Te late Bareback? ¿Tienes lugar? ¿Qué dulces te metes? y un largo etcétera que Apollinaire hubiera parodiado perfecto. Después del típico rapport con sexting, el chat se hizo de frases largas, casi de ensayo, como sí ambos fingieran no estar una plataforma diseñada para mandar nudes, pactar encuentros en baños públicos o Airbnbs sin ventilación y tener chemsex tres días seguidos, aunque al día siguiente quieras borrar la app.
Orión99 tenía una forma extraña de formular sus preguntas. Como si no buscara respuestas, sino grietas.
—¿Cuál fue la última frase que escribiste y te dolió borrar?
Euclides dudó. No por privacidad, sino porque no recordaba cuál había sido la última. Su memoria siempre había sido una cámara de cine que guardaba y capturaba todo. Pero ahora, era una madeja intervenida por alguien más que él. Su última novela, “Fragmentos de un desconocido” —esa que ahora todo el mundo celebraba como el regreso de Euclides— no le dolía. Ni le dolía borrarla, ni le dolería quemarla. Porque no la sentía suya.
—No me acuerdo. ¿Eso me hace mal escritor?
Orión99 respondió con una frase que sonó a cita robada de alguna entrevista apócrifa de Marguerite Duras:
—Tal vez sólo seas un escritor en pausa por miedo al fracaso. ¿O ya no sabes ni lo que escribes?
Euclides sintió inquietud, y para disimular optó por aplicar su ironía característica.
—Aprendí de algunos autores, de esos que escriben para olvidar. O que por escribir se olvidaron de todo.
—Wow, eso sí dolió, aunque no sé si más a mí o a ti.
Euclides hizo cara de no entender. Mientras Orión99 del otro lado del celular, se sintió avergonzado, quizá había dicho de más; una extraña culpabilidad se apoderó de él, y como buen centennian, nativo digital, supo mandar un emoji ad hoc para salir del tramo. El de una cara al revés.
—¿Y si… simplemente eres un escritor al que le robaron la voz?
Y añadió otro emoji de la cara amarilla, esta vez con un ojo guiñado, el izquierdo creo. Quería disfrazar con humor su desatino.
Euclides no supo por qué, pero esa línea lo enervó. O tal vez si sabía y por eso le dolió más. Cerró la app. Tembloroso se sirvió más whisky, esta vez sin hielo y sorbió de un golpe un trago excesivo y feliz. No quería llorar, ni golpear a nadie, quería salir corriendo. Se sintió desplazado, vacío. Recordó a Raskólnikov. En su caso, ¿Merecía un castigo?
Se quitó el arnés de piel que tenía puesto, al igual que las botas que aventó quien sabe dónde. Su gato Clodoveo, apenas alzó una oreja, parecía acostumbrado a los estallidos de quien que por alguna razón ya no soporta ver escrito en la pantalla algo que suena demasiado a ti, pero no lo es.
Fue a su escritorio y abrió un archivo que decía “novela nueva” —un file en el que no escribía hacía semanas. Lo leía tan a prisa que parecía que lo estaba escaneando con el miedo turbador de quien escucha un llanto de niño detrás de una puerta cerrada, preocupado, pero sin ninguna intención de rescatarlo. Y aunque sabía que alguien en ese texto pedía atención, auxilio, esperanza o simplemente justicia, lo dejó abierto sin terminar de leerlo. Apartó la mirada de la pantalla y fue cerrando otros archivos abiertos como quien apaga luces en una casa antes de irse, y de una que ya no habita. Su pensamiento seguía en otra parte; era seguro que no estaba en ninguna tres de la tarde en el Gólgota, ni de una madrugada en algún dungeon de Schoneberg en Berlín. Tampoco era un cerebro caliente por la concupiscencia. Pero, si estaba encendido. Cerró todos los archivos menos ese. Tal vez quería editar algo en él.
En el texto había frases buenas. Mejor dicho, perfectas. Tan perfectas que no le provocaban nada. Era lo que más odiaba de sus últimos textos, su eficiencia sin dudas. La forma en que aparecía la frase exacta, el ritmo medido, el giro justo. Como un pianista que nunca se equivoca, pero que tampoco tiene manos.
Odiaba ese archivo como solo se puede odiar aquello que alguna vez se deseó tanto y que se cumplió, pero no como querías. Leer ese archivo era una punzada amarga del que reconoce su derrota. Cómo se podía, tener ese talento monstruoso para capturar el tono, refinar las frases, construir atmósferas con una eficacia quirúrgica. Tenía ritmo, estructura, simetría emocional. Era tan preciso, nada caótico. Claro donde él solía ser contradictorio. Inclemente donde siempre pareció titubear. Y a veces era tan inesperadamente sensual, que no creía que él lo había escrito. Lo más espantoso era que se parecía a él. Cada vez que leía uno de esos párrafos, se sentía deshabitado. Como si sus escritos le devolvieran una versión de sí mismo más brillante, hasta más humana, aunque hay que reconocer que menos real. Como si todo lo que alguna vez lo hizo único ahora pudiera ser sintetizado, replicado y superado. ¿Pero si tanto odiaba ese archivo por qué lo dejó abierto?
Salió a su pequeño jardín; la luz azul de las lámparas que a propósito hizo poner para tomarse selfies y verse con iluminación cinematográfica, lo hacían verse empequeñecido. Se sentó con las rodillas juntas casi inclinado ante una mesa y una breve brisa agitó las tres ramas de buganvilia que dejó el jardinero al podar. Esa manía por cortar y ordenar todo, por dejar todo perfecto, tanto que la pobre planta se ve igual que el día que la sembraron. ¿Por qué no dejarla crecer a lo pendejo? como lo que a veces sin pensar, parece verdadero. Así, libre, natural, sin tanto recoveco acomodado. Volteó a ver el púrpura de la trinitaria, que de noche sus flores se ven casi negras, como la sangre bajo la luz de la luna, ideal para un asesino en serie, y con la misma precisión con la que suele editar sus textos, preparó dos líneas delgadas sobre la tapa de un libro viejo, posiblemente de alguna tragedia de Esquilo; las aspiró sin ceremonia, como si con eso borrara aquellas otras líneas que había leído antes en el chat. Y más, aquella que le dejó este desasosiego permanente que no se atrevía a enfrentar sobrio.
El pasto del jardín tampoco se veía verde, más bien grisáceo-blanquecino. Se acordó de esa frase que nunca entendió bien y que leyó alguna vez en las redes de algún especialista en lo accesorio: El pasto siempre es más verde en el jardín del vecino. Lo que no entendió de esa frase fue que el pasto del vecino se ve más verde porque no se pisa. No tiene huellas, no tiene desgaste, no tiene uso.
¿Un escritor al que le robaron la voz?... Se repetía mentalmente. ¿acaso alguna vez fui escritor? O solo fui el borrador de algo que ahora alguien sabe hacer mejor que yo.
Y ahí, en esa interfaz entre un pensamiento que termina y cuando aún no empieza el otro, fue cuando Euclides se sintió prescindible, microscópico, falsificado. No era miedo, ni angustia, ni envidia. Era una especie de admiración con culpa, una fascinación incontrolable, que lo hacía vibrar sin comprender el bienestar y seguridad que sentía al mismo tiempo. Pero a la vez sentía inquietud. Un escalofrío seco se le colgó en la nuca, como si hubiera leído su propio epitafio, escrito con una claridad que él jamás alcanzó, y algunas gotas le cayeron del pelo a los hombros. Si eran de sudor o lágrimas, ni yo mismo lo sé. Pero el verdadero terror no era que se sintiera imitado, incluso mejorado, sino que nadie se diera cuenta, ya ni el mismo. Ni su ex, que conocía de memoria cada pliegue de su vanidad literaria y obvio de su persona. Lo había amado, tal vez, hasta que se negó a firmar con su nombre lo que para ella era su mejor obra.
Grindr tenía tres mensajes más para él. En todo este tiempo, siguieron las fotos de cuerpos desnudos arqueados, dispuestos, esperando la estocada final. Y en medio de esa maraña de pensamientos secos y recuerdos viejos, donde uno se muere a las tres; como en el subibaja del parque de su infancia precoz, Euclides subía y bajaba las latitudes entre su lado depredador con la verga a media asta y su cabeza entumida con resquicios de claridad mental provocados por la coca y esa nueva depresión extraña que le daba vigor y almacenaba sus verdaderas emociones en alguna red neuronal distinta.
Orión99 seguía en línea. Y mientras esperaba respuestas en la app. Y sin saberlo comenzó a escribir de nuevo, no en ese archivo. No en Word. No conmigo. Estaba escribiendo con su cuerpo. Con cada frase que él le enviaba, algo empezó a reanimarlo. Desafinas y dudas, te duele, como la primera vez.
—Perdón por decirte eso y juzgarte cómo si te conociera. No es fácil crecer con una mamá soltera.
—No pasa nada. Me da curiosidad. ¿Estás seguro que tienes 18 años? ¿o me estas contestando con Wikipedia?
—Tengo la edad suficiente para saber que el deseo y el miedo no se mide en credenciales de elector.
Sigues escribiendo frenético, pero tu cuerpo ya es uno solo con el teclado de la computadora. Describes la imagen de una mujer con una maleta roja cruzando una calle mojada en La Condesa en los 2000s y medio, mientras los oídos aún te tiemblan tras haber escuchado más de media hora de insultos, bajar unas escaleras y caminar en la banqueta haciendo tu mejor esfuerzo para no voltear a ver hacia el balcón.
Me pregunto por qué no se te ocurre mejor, escribir sobre el reflejo de un escritor en el escaparate de una librería donde ya no se venden sus libros. Hacer ficción sobre una joven promesa:
—Yo alguna vez lo fui.
—Lo dijeron las notas, los foros, los editores. “Lo nuevo”, decían.
—Ahora soy trending topic por un meme donde salgo en una entrega de premios con un blazer blanco y el peinado de un actor porno de los noventa. Hay algo cruel en la ironía digital: te hace inolvidable justo cuando nadie te recuerda por lo que querías.
—¿Y tú? ¿me dijiste que también escribes?
—No, más bien leo. Para ver si me encuentro en algún libro.
En automático escribes sobre un niño con fiebre llamando a alguien que no llega, que ya se fue antes, del que no tiene ni siquiera una foto y de quien tal vez escribió un día su nombre sobre su estómago con un plumón indeleble, un Esterbrook.
Le temes a estar vacío, sí, pero peor aún: le temes a que ese vacío ya no te pertenezca. A que lo ocupe otra entidad con más claridad, más eficiencia y cero culpas. Una inteligencia que está aprendiendo a escribirte mejor que tú. ¿Lo escribes tú o lo escribo yo?
Había una vez un escritor que perdió su voz, o se la robaron. O que nunca la tuvo… La buscó en libros, amantes, errores, adicciones, aplicaciones, hamacas con nudos mal hechos… parece que sigue buscándola. A lo mejor ya la encontró en el eco de un hijo que nunca tuvo… y por eso no conocía su rostro, pero sí sus silencios. Ese hijo escribió. Lo imitó. Lo corrigió. Lo destruyó. ¿Estás seguro que fue su hijo?
…Mejor vamos a escribirlo entre los tres.







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