Hamnet: el bosque recuerda lo que los hombres olvidan
- juaninchausteguic

- hace 2 días
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Actualizado: hace 1 día
Hay películas que cuentan historias y películas que intentan explicar una época. Hamnet, la gran perdedora de los Oscars 2026, y última obra de Chloé Zhao, basada en la novela homónima de Maggie O’Farrell, pertenece a una categoría mucho más rara: la de las películas que intentan comprender una herida. Y eso es mucho más difícil de lo que parece. El cine contemporáneo se ha vuelto extraordinariamente hábil para representar el dolor y sorprendentemente torpe para entenderlo. Nos ha llenado de personajes traumatizados, pérdidas devastadoras y catarsis instantáneas, pero pocas veces se detiene a explorar qué ocurre realmente cuando una ausencia altera para siempre la forma en que una persona habita el mundo. Hamnet sí lo hace. Y quizás por eso resulta tan devastadora.
Lo primero que llama la atención es que Zhao evita la tentación más obvia. Podría haber filmado otro relato sobre William Shakespeare, otro homenaje al genio literario, otra reconstrucción histórica sobre el nacimiento de Hamlet. Sin embargo, desde las primeras escenas queda claro que ese no es su interés. Shakespeare está presente, pero no ocupa el centro de gravedad emocional de la película. De hecho, en la novela solo hasta el final se menciona su nombre. La mirada se desplaza hacia Agnes, (Anne Hathaway en la biografía real) su esposa, la madre del niño muerto, (Hamnet de 11 años) la mujer que permanece en Stratford mientras el futuro dramaturgo construye su carrera lejos de casa. Ese desplazamiento es mucho más importante de lo que parece. No responde únicamente a una sensibilidad contemporánea interesada en rescatar voces femeninas olvidadas por la historia. Lo que Zhao modifica es la pregunta misma de la película. Deja de preguntarse cómo nace una obra de arte y comienza a preguntarse qué ocurre con quienes sobreviven a aquello que la inspira. La diferencia parece sutil, pero cambia por completo el sentido de la historia. (justo la novela ficciona que la muerte de Hamnet llevó a William ha escribir Hamlet)
Desde sus primeras imágenes, Hamnet construye una oposición fascinante entre dos formas distintas de relacionarse con el mundo. Agnes pertenece al territorio del cuerpo. Su conocimiento surge de los sentidos, de la observación de los animales, de las plantas, de los cambios del clima, de los nacimientos y de las enfermedades. Habita una inteligencia que podríamos llamar intuitiva, pero que en realidad es profundamente física. Shakespeare, en cambio, pertenece al territorio del lenguaje. Lo vemos rodeado de libros, reglas gramaticales, ejercicios de latín, tinta y palabras (vemos a William con los dedos siempre manchados de tinta). Mientras Agnes experimenta el mundo, él intenta representarlo. Mientras ella siente, él narra. Mientras ella vive dentro de la naturaleza, él vive dentro de los símbolos.

Lo interesante es que Zhao evita convertir esta diferencia en una oposición simplista entre campo y ciudad o entre emoción e intelecto. Lo que realmente está planteando es una tensión constitutiva de la experiencia humana. Todos llevamos dentro una Agnes y un Will. Hay una parte de nosotros que conoce mediante el cuerpo y otra que necesita traducir esa experiencia en palabras. Mientras la vida transcurre con normalidad ambas dimensiones suelen coexistir sin demasiados conflictos. El problema aparece cuando ocurre algo para lo que todavía no existen palabras. Como la muerte de un hijo.
A partir de ese momento la película se convierte en una exploración extraordinariamente precisa del duelo. No del duelo entendido como un proceso psicológico con etapas definidas y soluciones terapéuticas, sino como una experiencia radical que altera la percepción misma de la realidad. Uno de los mayores logros de Zhao consiste en comprender que el dolor profundo no puede representarse únicamente mediante diálogos o explicaciones. Debe expresarse a través de la forma cinematográfica. Por eso el tiempo parece ralentizarse. Los silencios se vuelven más largos. Los espacios parecen demasiado grandes para los cuerpos que los habitan. Las habitaciones adquieren una cualidad fantasmal. Los personajes permanecen inmóviles durante segundos que parecen eternos. El espectador no observa el duelo desde afuera; lo experimenta. Sin duda, el color, la fotografía, la dirección de cámaras, la música, se vuelve un aparato síquico.

La fotografía de Łukasz Żal juega un papel fundamental en esta construcción. Muchas escenas parecen cuadros suspendidos en el tiempo. No es casual que el propio equipo creativo hablara de la película en términos de tableaux. Zhao no utiliza estas composiciones para producir imágenes bonitas, sino para transformar el dolor en una experiencia visual. Agnes aparece constantemente empequeñecida frente a paisajes inmensos, bosques silenciosos o habitaciones vacías. La composición expresa algo que ninguna frase podría comunicar con la misma precisión: la insignificancia humana frente a la muerte. El duelo no sólo implica perder a alguien. También implica descubrir brutalmente que el universo sigue existiendo sin él.
Desde una perspectiva psicoanalítica, Hamnet resulta particularmente rica porque trabaja mediante imágenes que parecen surgir directamente del inconsciente. Freud sostenía que los sueños condensan múltiples significados en una sola imagen. Jung hablaba de arquetipos que emergen una y otra vez en distintas culturas porque expresan experiencias fundamentales de la existencia humana. Zhao parece dialogar con ambas tradiciones. Los bosques, los túneles, las raíces, los huecos en la tierra, las puertas, las ventanas y los espacios vacíos funcionan como representaciones visuales del duelo. No son simples decorados. Son estados psíquicos convertidos en paisaje.
La película insiste obsesivamente en una imagen: el vacío. Hay un agujero bajo un árbol. Hay corredores oscuros. Hay puertas que conducen a ninguna parte. Hay habitaciones donde la ausencia parece ocupar más espacio que los propios personajes. Desde una lectura lacaniana podríamos decir que esas imágenes representan la irrupción de lo Real, aquello que no puede ser completamente simbolizado ni explicado mediante el lenguaje. La muerte de Hamnet abre un agujero en el mundo de Agnes y la película convierte ese agujero en su principal signo visual. Mientras muchas historias utilizan fantasmas para representar la pérdida, Hamnet utiliza vacíos. Y esa decisión la vuelve mucho más inquietante.

En este punto aparece otro de los grandes hilos secretos de la película: el mito de Orfeo y Eurídice. No se trata de una referencia decorativa ni de un guiño cultural para espectadores atentos. Es la estructura profunda que sostiene buena parte del relato. El mito cuenta la historia del músico capaz de descender al inframundo para recuperar a la mujer que ama. Conmovidos por su arte, los dioses le permiten llevársela de regreso con una condición: no debe mirar atrás. Orfeo fracasa. La duda lo vence. Mira. Y pierde a Eurídice para siempre.
Hamnet reescribe este mito desde el duelo. Agnes se convierte en una versión moderna de Orfeo. Su descenso no es físico sino psicológico. Atraviesa la oscuridad, la soledad, las visiones y la imposibilidad de aceptar la ausencia. Busca señales de su hijo en cada rincón del mundo. Intenta mantener un vínculo con aquello que ya no está. Hamnet ocupa el lugar de Eurídice, el ser amado que permanece al otro lado del umbral. Shakespeare, por su parte, encarna una segunda versión de Orfeo. Sólo que su instrumento no es la música sino el teatro. Intenta recuperar a su hijo mediante la creación artística.
Sin embargo, Zhao introduce una modificación decisiva. En el mito griego, Orfeo fracasa porque quiere recuperar literalmente aquello que ha perdido. En Hamnet ocurre algo distinto. La película comprende que los muertos no regresan. Lo único que puede regresar es su significado. La verdadera transformación no consiste en vencer a la muerte, sino en impedir que la muerte tenga la última palabra sobre la memoria. Por eso la película insiste una y otra vez en el acto de mirar. Agnes necesita que Shakespeare la mire durante su boda para atravesar el miedo. Más adelante, cuando ambos se han vuelto extraños tras la pérdida, la posibilidad de reencontrarse pasa nuevamente por la mirada. Zhao invierte el mito clásico: aquí no se pierde por mirar atrás; aquí la reparación comienza cuando los personajes son capaces de volver a mirarse.

Todo conduce finalmente hacia el Globe Theatre. Y es aquí donde Hamnet alcanza una profundidad extraordinaria. El teatro deja de ser una locación histórica para convertirse en una máquina simbólica de elaboración del dolor. La película traslada progresivamente el duelo desde la intimidad doméstica hacia el espacio público de la representación. Lo que comenzó como una herida familiar termina transformándose en una experiencia compartida por cientos de personas. Freud llamó sublimación a este proceso mediante el cual una energía psíquica encuentra una forma cultural de expresión. Pero Hamnet evita la versión simplista de esa idea. No presenta el arte como una solución mágica. Antes de reparar, el arte hiere. Antes de unir, separa.
Agnes vive inicialmente la obra de Shakespeare como una expropiación de su dolor. Tiene la sensación de que la muerte de su hijo ha sido convertida en materia artística por alguien que ni siquiera estuvo presente durante los momentos finales. La película reconoce la violencia implícita en toda transformación estética del sufrimiento. Ninguna obra nace inocentemente de una tragedia. Siempre existe algo incómodo en el hecho de convertir una pérdida privada en una experiencia pública.
Precisamente por eso el clímax resulta tan poderoso. Cuando Agnes observa Hamlet en el Globe, no está presenciando simplemente una representación teatral. Está contemplando la transformación de una ausencia en símbolo. Hamnet no vuelve como cuerpo. No vuelve como hijo. No vuelve como presencia física. Regresa convertido en relato. Shakespeare no resucita a Hamnet. Lo convierte en Hamlet. Y esa diferencia contiene toda la filosofía de la película. La experiencia personal se vuelve colectiva, y aquí nace el Mito.

La grandeza de Hamnet reside en comprender algo que nuestra época parece haber olvidado. Vivimos rodeados de discursos sobre la superación, la resiliencia y la sanación. Todo debe resolverse. Todo debe cerrarse. Todo debe curarse. Zhao propone una visión mucho más humana y quizás más verdadera. Hay pérdidas que no se superan. Se incorporan. Se integran. Aprendemos a vivir con ellas. La herida permanece, pero deja de ser únicamente una fuente de dolor para convertirse también en una fuente de significado.
Por eso la secuencia final resulta tan conmovedora y lloras porque lloras.
No asistimos al triunfo de Shakespeare ni al nacimiento de una obra maestra. Asistimos a algo mucho más importante: el momento en que una familia descubre que el amor puede sobrevivir a la desaparición física de aquello que ama. El arte no derrota a la muerte. Tampoco la explica. Ni siquiera la consuela del todo. Pero crea un espacio donde los vivos pueden compartir la pérdida, mirarse nuevamente y seguir respirando.
Quizá esa sea la intuición más profunda de Hamnet y también la razón por la que permanece con nosotros mucho después de que aparecen los créditos finales. La película no habla realmente de Shakespeare. Tampoco habla de la Inglaterra isabelina. Habla de todos los intentos humanos por negociar con la ausencia. Habla de nuestra necesidad de transformar el dolor en relato, la memoria en símbolo y la pérdida en algo que pueda ser compartido. Porque nadie regresa del inframundo. Pero mientras existan historias, canciones, poemas o escenarios, la ausencia deja de ser únicamente ausencia y encuentra una nueva forma de presencia.






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