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QUINIELA OSCARS 2026


Veamos algunas razones de por qué merecen ganar éstas películas, actores, directores, etc, la máxima presea de la temporada de premios de este año.


1. Mejor película — One Battle After Another.

Porque a veces Hollywood quiere fingir que premia el riesgo, pero en el fondo adora la película que parece grande, grave y perfectamente inevitable. One Battle After Another trae el paquete que vuelve dócil a la Academia: ganó Best Film en BAFTA, Best Picture en Critics Choice y Paul Thomas Anderson se llevó también Dirección y Guion Adaptado en la ruta previa. Es la clase de cinta que hace que los votantes se sientan inteligentes sin tener que ponerse demasiado en peligro. O sea: arte con seguro de prestigio.  Merece ganar Mejor Película porque reúne justo el tipo de grandeza que la Academia suele consagrar para premiar una obra ambiciosa sin dejar de sentirse segura de sí misma. Tiene toda la señal de que no se trata solo de una película respetada, sino de una película percibida como un logro total, completo, de los que dominan forma, fondo y escala al mismo tiempo. En otras palabras, no es solo una contendiente fuerte: es esa clase de película que hace que Hollywood se mire al espejo y diga, con toda su solemnidad acostumbrada, “sí, esto también somos cuando queremos parecer eternos”.


 

2. Mejor dirección — Paul Thomas Anderson, One Battle After Another.

Aquí mi apuesta tiene lógica de reloj suizo: si la industria de directores ya lo coronó en el DGA, no es por cortesía, es porque vio mando, visión, control del caos y esa cualidad tan rara de hacer que una película enorme parezca respirar sola. Anderson ganó el DGA y también BAFTA por dirección; cuando eso ocurre, la categoría deja de ser carrera y se vuelve casi ceremonia de confirmación. En otras palabras: no dirigió una película, domesticó una bestia con smoking. Merece ganar porque lleva tres décadas filmando como si cada película fuera una manera distinta de reinventar el cine americano: de Boogie Nights a Magnolia, de There Will Be Blood a The Master, de Phantom Thread a Licorice Pizza, su obra ha mezclado virtuosismo formal, obsesión por los personajes y una rara capacidad para hacer que el caos humano parezca coreografía. En One Battle After Another esa madurez se vuelve total: tomó elementos de Vineland de Thomas Pynchon y los transformó en una película propia, ambiciosa y viva. Cuando un cineasta no solo firma una película, sino que impone una mirada reconocible, arriesgada y plenamente suya sobre todo lo que toca, lo que merece no es solo respeto cinéfilo: merece el Oscar.



3. Mejor actor — Michael B. Jordan, Sinners.

Porque Sinners no solo llegó con fuerza; llegó haciendo ruido, y el ruido, cuando viene acompañado de oficio, también vota. Jordan ganó el Actor Award de SAG, que en estas categorías suele pesar como si los actores estuvieran eligiendo a su propio santo patrono. Su trabajo además carga con el corazón emocional y el músculo popular de una película que se volvió fenómeno de nominaciones. No sería un premio “por simpatía”; sería la Academia admitiendo, por una vez, que el carisma también puede ser arte serio. Michael B. Jordan merece ganar porque en Sinners confirma algo que su carrera ya venía insinuando desde Fruitvale Station, Creed y Black Panther: tiene una intensidad que parece venir de adentro, una mezcla rara de vulnerabilidad y presencia física que hace que cada escena tenga peso emocional real. En Sinners esa cualidad alcanza su punto más alto, sosteniendo la historia con una actuación que es al mismo tiempo feroz y profundamente humana. Jordan actúa como si siempre estuviera al borde de una revelación, y esa tensión —contenida, eléctrica, imposible de fingir— es justamente lo que vuelve su trabajo inolvidable.



4. Mejor actriz — Jessie Buckley, Hamnet.

Jessie Buckley no llega al Oscar pidiendo permiso. Llega después de haber pasado por la aduana completa de la temporada: Globo de Oro, Critics Choice, BAFTA y SAG. Cuando una actriz gana todos los premios previos, el Oscar deja de ser una predicción y empieza a parecer una formalidad. Hollywood puede fingir sorpresa, pero todos saben que Agnes Shakespeare ya atravesó el duelo, la crítica y el voto de sus propios colegas. Lo que queda ahora es simplemente entregarle la estatuilla. Merece ganar Mejor Actriz porque además de haber construido una carrera marcada por interpretaciones intensas y profundamente humanas, desde Wild Rose y I’m Thinking of Ending Things hasta su inquietante presencia en The Lost Daughter, en Hamnet alcanza quizá su momento más devastador: su personaje no solo traspasó el duelo, sino que nos dio a una mujer que parece pensar, sentir y quebrarse frente a nosotros en tiempo real. Buckley actúa con una mezcla rara de fragilidad y fuerza interior, capaz de sostener el silencio tanto como el estallido emocional. Cuando una actriz logra que el dolor de un personaje se vuelva tan palpable que el espectador casi pueda respirarlo, la actuación deja de ser interpretación y se convierte en verdad —y esa es exactamente la clase de trabajo que merece un Oscar.



5. Mejor actor de reparto — Sean Penn (One Battle After Another)

Sean Penn no llega a esta categoría como actor invitado: llega como institución. Y cuando una institución gana el SAG y el BAFTA por el mismo papel, lo que ocurre después suele ser una ceremonia más que una competencia. En One Battle After Another Penn hace lo que los grandes actores hacen cuando ya no necesitan demostrar nada: reduce el gesto, afila la mirada y deja que la gravedad del personaje haga el resto. El premio del sindicato de actores —que vota el gremio más numeroso de la Academia— confirma que sus propios colegas lo consideran el punto de equilibrio de la película. Dicho en términos menos solemnes: cuando Sean Penn aparece en pantalla, el resto del reparto parece recordar de pronto que está actuando con Sean Penn. Su interpretación tiene la densidad de quien entiende que un personaje se construye tanto con silencios como con palabras; cada gesto suyo parece cargado de historia, de culpa y de experiencia. Penn no roba la película, la ancla, y en un relato lleno de tensión política y humana, su presencia funciona como ese punto de gravedad que hace que todo lo demás orbite con sentido.



6. Mejor actriz de reparto — Amy Madigan, Weapons.

Esta es una apuesta con colmillo. Amy Madigan ganó SAG y Critics Choice, dos señales nada menores, aunque BAFTA se fue con Wunmi Mosaku. Por eso justamente le regreso el Oscar a Amy: no es un delirio, es una lectura de categoría partida. Weapons entra aquí como esa anomalía deliciosa que recuerda que el Oscar a veces no premia a la película más fuerte sino al personaje que se te queda pegado como perfume raro en ropa negra. Amy, en ese sentido, no pide atención: la secuestra. Merece ganar porque logra algo que pocas interpretaciones consiguen: convertir un personaje secundario en el centro emocional de la historia. Con una actuación contenida, llena de matices y silencios cargados de intención, Madigan aporta una verdad humana que atraviesa la película entera. No necesita grandes gestos para imponer presencia. Es ese tipo de actuación que no compite por atención, pero que termina siendo imposible de olvidar.



7. Mejor película habla no inglesa — Sentimental Value.

Sí, aquí se está poniendo interesante, porque BAFTA y varios pundits favorecieron a Sentimental Value, mientras otros circuitos han impulsado fuerte a The Secret Agent. Precisamente por eso mi apuesta no es necedad: es lectura fina de sensibilidad europea, (Cálmate Gentleman) de prestigio íntimo, de película que no necesita golpear la mesa para quedarse en la memoria. Ganar BAFTA en Film Not in the English Language le da un argumento industrial muy serio. Sería el triunfo de la emoción que no alza la voz porque sabe que no le hace falta. Merece ganar porque Joachim Trier convierte un drama íntimo —dos hermanas, un padre ausente, una casa cargada de memoria y una película dentro de la película— en algo mucho más grande: una reflexión sobre el duelo, la familia y la forma en que el arte intenta ordenar heridas que nunca terminan de cerrar. Su realización tiene la rara elegancia de parecer contenida y, al mismo tiempo, devastadora; no subraya, no manipula, no grita, pero cada encuadre y cada silencio dejan sedimento. Sentimental Value llega al Oscar como esa clase de cine adulto, sofisticado y emocionalmente preciso que no busca deslumbrar con volumen, sino quedarse adentro.



8. Mejor largometraje de animación — KPop Demon Hunters.

Porque si vas a premiar animación en 2026, más vale premiar algo que no parezca diseñado por comité de siesta, es decir, de películas bien hechas pero adormecidas, como si hubieran sido aprobadas en una junta donde lo importante era no equivocarse, no necesariamente sorprender. K-Pop Demon Hunters entra con la insolencia de una película que sí quiere divertirse. Su fuerza viene respaldada por el Globo de Oro a canción y por el dominio que mostró en los VES dentro del terreno animado.  Los premios de la Visual Effects Society —la cofradía que de verdad sabe cómo se construye lo imposible— ya reconocieron su despliegue técnico. Cuando los artesanos de la ilusión levantan la ceja, Hollywood suele escuchar. Tiene energía pop, concepto claro y una identidad visual que no pide permiso. Es la clase de película que recuerda que la animación también puede ser insolente, sexy y precisa al mismo tiempo, algunos creen que hasta soft-porn. Si no gana, al menos las adolescentes se pueden desquitar en los próximos cercanos conciertos de BTS en México. La peli animada logra algo que pocas películas animadas contemporáneas consiguen: capturar el pulso real de un fenómeno cultural global y convertirlo en espectáculo cinematográfico. La película toma la energía de la cultura K-pop —un movimiento que ha transformado la industria musical mundial con su mezcla de coreografía, estética visual y fandom masivo— y la fusiona con animación vibrante y narrativa fantástica, creando un universo donde música, identidad y acción conviven con una naturalidad contagiosa.



9 Mejor corto de animación — Butterfly.

En cortos, la estadística pública siempre llega un poco despeinada, así que aquí la defensa es más estética que matemática. Mi apuesta funciona porque el corto animado suele premiar piezas que condensan belleza, herida y una idea visual clara y novedosa en pocos minutos. Papillon, en francés original, tiene todo esto, usa la pintura animada para ligar los recuerdos del protagonista. Y merece ganar porque transforma la vida de Alfred Nakache —del esplendor olímpico al horror de Auschwitz y de vuelta al agua— en una miniatura de memoria y resistencia, contada con una animación pintada a mano tan hermosa como dolorosa, donde cada imagen parece flotar entre la historia y la herida.

Si el corto animado premia la poesía visual antes que el ruido técnico, Butterfly tiene ventaja: cuenta más con nostalgia y estética que con artificio.



10. Mejor corto de ficción — The Singers.

También aquí estoy apostando por intuición con estilo, y no me parece mal. Los live action shorts suelen ser el territorio favorito de la sorpresa: una categoría donde todos opinan con enorme seguridad y luego nadie entiende nada. Defender The singers implica apostar por una pieza que, por su propio nombre, promete voz, comunidad, disonancia o duelo convertido en forma. Es decir: exactamente el tipo de miniatura emocional que puede conquistar a una Academia cansada de metraje largo y solemnidad inflada. El corto tiene un poco esa vibra de “espontaneidad cuidadosamente coreografiada” de comercial emotivo, pero, se salva porque debajo del truco hay verdad: transcurre en un bar venido a menos, convierte un concurso improvisado de canto en un momento de comunión entre hombres rotos, y además está armado con intérpretes encontrados en videos virales y casting callejero, lo que le da una textura menos publicitaria y más humana, más áspera, más encontrada. El propio proyecto nace de una relectura contemporánea de un cuento de Turguénev y se sostiene en la improvisación, en voces “geniales escondidas a plena vista”, no en la perfección pulida de un anuncio de marketing.



11. Mejor diseño de vestuario — Frankenstein.

Aquí mi pick no es rebelde: es elegantemente obvio. Frankenstein ganó BAFTA en Costume Design y también Critics Choice en el rubro, lo cual le da una tracción formidable. Además, hay algo casi obsceno en lo bien que esta clase de película encarna el fetiche de la Academia por el detalle visible: tela, época, construcción, silueta, textura, “miren cuánto trabajamos”. El Oscar ama vestuarios que se noten. Y Frankenstein no se nota: entra vestido para reinar. Merece la estatuilla de vestuario porque su ropa no es simple decoración de época: es arquitectura dramática. Cada abrigo pesado, cada costura áspera y cada tela envejecida parecen haber pasado por tormentas, laboratorios y noches sin dormir. El vestuario no disfraza a los personajes, los revela: habla del frío moral de ese mundo, de la obsesión científica y de la fragilidad humana frente a lo que se crea. Si el cine también se cuenta con telas, pliegues y sombras, entonces Frankenstein ya ganó antes de que la Academia siquiera abra el sobre.



12. Mejor maquillaje y peluquería — Frankenstein.

Otro pick con bisturí fino. BAFTA ya premió a Frankenstein en Make Up & Hair, y Critics Choice hizo lo mismo en hair and makeup. Cuando una película de este tipo logra que el maquillaje no sea mero disfraz sino extensión moral del personaje, deja de ser ornamento y se vuelve dramaturgia cutánea. Dicho menos académico: si el monstruo tiene piel con ideas, el premio debería ir para él. Y en esta categoría, Frankenstein llega oliendo a victoria desde el laboratorio. El maquillaje de Frankenstein merece el Oscar porque logra algo mucho más difícil que asustar: humanizar al monstruo. Lejos de repetir el ícono rígido que el cine nos enseñó durante décadas, esta versión rehace su rostro con cicatrices que parecen historia, piel que parece sentir y una mirada que no es solo amenaza sino también tristeza. El trabajo de maquillaje no crea una criatura para exhibirla como espectáculo, sino un cuerpo que respira, sufre y duda. Y ahí está el verdadero logro: recordarnos que el monstruo, esta vez, se parece demasiado a nosotros.



13. Mejor banda sonora — Sinners.

Mi argumento aquí es impecable: Sinners ganó BAFTA en Original Score y Critics Choice en Best Score, y su propuesta musical no funciona como fondo sino como sangre narrativa. En una película atravesada por el blues, la identidad sonora no acompaña la historia: la convoca, la ensucia, la seduce. La Academia adora las partituras que pueden presentarse como “importantes”, pero a veces se rinde más ante una que además sea inolvidable. Sinners no compone; hechiza. La banda sonora de Sinners merece el Oscar porque funciona casi como una genealogía musical de Estados Unidos contada con ritmo y memoria. La partitura toma raíces del gospel, el blues, el soul y el jazz y las deja dialogar hasta que se mezclan y mutan, como lo ha hecho la música americana durante más de un siglo. No es una banda sonora que solo acompañe la historia: la empuja, la respira y la explica. En sus acordes se oye una tradición entera transformándose frente a nosotros, recordándonos que la música —como las buenas historias— siempre nace de una mezcla, de una herida y de una reinvención constante.


 

14. Mejor sonido — F1.

Porque a veces el Oscar técnico más fácil de leer es el que se escucha venir desde lejos. BAFTA ya le dio a F1 el premio de Sound, y esa clase de cine de velocidad, maquinaria, rugido y precisión sensorial suele seducir muchísimo a las ramas técnicas. Si el sonido logra que el espectador sienta el motor en el pecho y el vértigo en la nuca, ya hizo más que muchos guiones. Es un premio para el arte de convertir decibeles en adrenalina con modales de alta costura. El Oscar al Mejor Sonido para Formula 1 sería casi una consecuencia natural de lo que la película logra hacer con el oído del espectador: convertir la pista en una experiencia física. El rugido de los motores no es simple ruido mecánico, sino una coreografía de aceleraciones, cambios de marcha y vibraciones que te coloca literalmente dentro del monoplaza, con el casco apretando las sienes y el asfalto pasando a centímetros de la vida. Cada curva se escucha antes de verse, cada frenada tiene peso y cada aceleración parece atravesar el pecho del espectador. Más que diseñar sonido, la película construye una ilusión sensorial donde el cine deja de ser pantalla y se vuelve cabina, velocidad y respiración contenida a trescientos kilómetros por hora.


 

15. Mejor guion adaptado — One Battle After Another.

Aquí  mi ojo clínico viene blindado: BAFTA, Critics Choice y el aura general de la temporada empujan a Paul Thomas Anderson en Adapted Screenplay. La película ha sido leída como una obra de gran arquitectura narrativa, de esas que hacen creer que la complejidad fue inevitable y no fruto de un ser humano que sufrió frente a una página. El Oscar ama premiar el guion adaptado cuando puede decir: mira qué bien domesticaron el material. Y Anderson, para su fortuna o su soberbia, sabe domesticar sin que se note la correa. El Oscar a Mejor Guion Adaptado para One Battle After Another se justificaría porque logra lo más difícil de una adaptación: traducir la densidad literaria de la novela a lenguaje cinematográfico sin traicionar su espíritu, convirtiendo su estructura narrativa compleja y su mirada sobre el poder, la violencia y la memoria en una película que respira con ritmo propio, donde cada escena parece conservar la inteligencia del texto original, pero hablar, por fin, en imágenes.



16. Mejor guion original — Sinners.

Este es uno de mis pronósticos más fuertes. Sinners ganó BAFTA y Critics Choice en Original Screenplay, y se ha consolidado como el título que canaliza mejor la idea de una obra personal, potente y reconociblemente autoral. El Oscar en guion original muchas veces funciona como consuelo prestigioso para películas que quizá no se lleven todo, pero que la industria necesita bendecir por inventiva. Ryan Coogler aquí no solo escribe una historia: le recuerda a Hollywood que todavía se puede tener pulso propio sin sonar a algoritmo de estudio. Coogler escribió un cruce feroz entre horror, memoria racial, música y mito americano, ambientado en el Mississippi de 1932, donde el blues, la violencia y lo sobrenatural conviven sin sentirse injertados. El guion logra algo rarísimo: ser ambicioso y popular a la vez, mezclar pulsión de género con comentario histórico y, encima, hacerlo con una voz propia tan clara que ya fue premiada justo por BAFTA y por la Writers Guild of America. Cuando un libreto inventa su propio tono, organiza su propio mundo y además deja la impresión de que nadie más podría haber contado esa historia de esa manera, lo que merece no es solo aplauso: merece llevarse el Golden Man.

 


17. Mejor fotografía — Frankenstein.

Aquí ya me estoy poniendo delicioso, porque el consenso industrial favorece a One Battle After Another tras ganar BAFTA y ASC en cinematography. Pero defender Frankenstein tiene una lógica Mythostoryteller perfecta: si el cine también es hechizo visual, entonces premiar la atmósfera, la oscuridad tallada y la imaginería con espesor gótico no es absurdo sino poético. Mi elección no es “el más probable”; es el que dice que la luz no solo debe iluminar, también debe condenar, seducir y profanar. Y eso Frankenstein lo sabe hacer muy bien. Merece el Oscar a Mejor Fotografía porque convierte la luz en un lenguaje moral. La cámara construye un mundo de contrastes: laboratorios bañados en penumbra eléctrica, rostros que emergen de la sombra como si fueran recuerdos mal cosidos, y paisajes donde la niebla y la noche parecen parte del experimento. La fotografía no solo embellece la imagen; revela la tragedia del personaje, haciendo que cada plano respire ese tono gótico entre ciencia y culpa. En otras palabras, no ilumina al monstruo: ilumina la humanidad que late dentro de él.

 


18. Mejor largometraje documental — Mr. Nobody Against Putin.

Aquí vuelvo a entrar al terreno de la razón seria. BAFTA ya lo reconoció como Documentary, lo que le da una autoridad evidente dentro de la conversación de temporada. En esta categoría, la Academia suele mirar obras que combinan urgencia política, valor testimonial y un sentido de necesidad moral que no parezca impostado. El documental ideal para ganar no solo informa: deja al votante sintiéndose menos cínico por dos horas. Y ese servicio espiritual, en Hollywood, casi cuenta como militancia. Mr. Nobody Against Putin merece ganar Mejor Documental porque no se limita a denunciar una dictadura: la filma desde dentro, en el lugar más inquietante de todos, la escuela, donde un maestro ruso documenta en secreto cómo la educación se transforma en maquinaria de propaganda, militarización y obediencia. Ese acceso íntimo, peligrosísimo y moralmente devastador convierte la película en algo más que un documental político: en el retrato de cómo un régimen fabrica futuros a punta de miedo.

 


19. Mejor corto documental — Armed Only with a Camera.

Mi defensa aquí tiene algo hermoso: el título ya trae la tesis incorporada. Entre los nominados oficiales, es la clase de pieza que sugiere valentía, testimonio, riesgo y una ética del registro que suele pesar mucho en el corto documental. Donde no hay tanto ruido estadístico, manda el impacto moral y la impresión final. Y pocas frases suenan tan oscarizables como esa: armado solo con una cámara. Es periodismo, martirio y cine comprimidos en una sola línea. La Academia adora cuando la verdad viene con buena dramaturgia verbal. Armed Only with a Camera puede ganar Mejor Corto Documental porque vuelve al gesto más elemental —y más valiente— del cine: mirar y registrar cuando otros prefieren no hacerlo. Con recursos mínimos, pero con una mirada obstinada, el corto demuestra que una sola cámara puede incomodar al poder, preservar la verdad y convertir un acto de observación en un acto de resistencia. A veces el cine no necesita más armas que esa: una cámara… y alguien dispuesto a usarla y más si el armado con la cámara muere en cumplimiento de su deber.

 


20. Mejor montaje/edición — One Battle After Another.

Este pronóstico se sostiene bastante bien: BAFTA premió a One Battle After Another también en Editing, lo cual vuelve razonable pensar que la película no solo se dirige con autoridad, sino que además encuentra su respiración final en la sala de montaje. El Oscar de edición suele premiar control del ritmo, construcción de tensión y la invisible arrogancia de hacer que todo parezca inevitable. Es decir: la mano que corta sin que se note la tijera. Y ese tipo de precisión le queda muy bien a una película que ya huele a gran ganadora. Merece ganar Mejor Edición porque su montaje no solo organiza la película: le da pulso, tensión y una sensación de avance constante a una historia amplia, política y ambiciosa sin dejar que se desborde. Andy Jurgensen, el editor, también triunfó en los ACE Eddie para comedia, una combinación que confirma algo evidente en pantalla: aquí el corte no es técnico, es narrativo; cada transición empuja el conflicto, cada secuencia sostiene el ritmo y hasta el caos parece estar calculado con precisión. Cuando una película de gran escala logra sentirse viva, afilada y siempre en movimiento, el montaje no acompaña la historia: la vuelve inevitable.

 


21. Mejor canción original — “Golden”, KPop Demon Hunters.

Aquí mi argumento no necesita alzar la voz: “Golden” ya ganó el Globo de Oro a Best Original Song. Eso no garantiza el Oscar, pero sí le da una vitrina preciosa a una canción que además tiene pegada cultural y una visibilidad que otras nominadas quizá no alcanzan. La Academia a veces premia canciones por emoción, otras por carrera, y otras porque todos fingieron que no la tarareaban mientras ya la tenían pegada desde enero. “Golden” pertenece peligrosamente a esa última especie. "Golden” va a ganar el Oscar a Mejor Canción Original porque hizo exactamente lo que la Academia suele premiar cuando quiere parecer contemporánea sin dejar de oler a gran himno clásico: convertirse en éxito real, no solo en canción “importante”; y entrar en la boleta oficial del Oscar, pasar ocho semanas en el No. 1 del Billboard Hot 100 y superar mil millones de vistas en YouTube, todo mientras convierte su brillo pop en una narrativa de superación perfectamente oscarina. En otras palabras: no es solo la canción de moda, es la rara canción que logró ser fenómeno cultural, himno emocional y pieza de cine al mismo tiempo.

 


22. Mejor diseño de producción — Frankenstein.

Aquí voy contra el impulso más pop de la temporada, pero con un argumento durísimo: BAFTA y Critics Choice ya premiaron a Frankenstein en Production Design. Aunque la IA le da este premio a Sinners. Si premiar diseño de producción significa reconocer una cosmogonía visible, Frankenstein entra arrasando. No construye sets, ni muros, ni castillos, ni laboratorios o el mar congelado: construye un universo donde hasta el aire parece tener carpintería. Frankenstein merece ganar Mejor Diseño de Producción porque construye un mundo entero donde la piedra, la sombra, el metal y la penumbra parecen tener conciencia. El trabajo de Tamara Deverell y Shane Vieau, ya premiado por BAFTA y Critics Choice, convierte laboratorios, interiores y espacios góticos en una extensión física del drama, como si cada muro estuviera también participando en la creación del monstruo. Y cuando una película logra que su universo se sienta tan tangible, tan enfermo y tan hermoso a la vez, lo que merece no es solo admiración: merece el and the Oscar goes to…



23. Mejor efectos visuales — Avatar: Fire & Ash.

Esta es casi una cortesía tecnológica con fundamento real. Avatar: Fire and Ash arrasó en los VES con siete premios, incluido el principal de efectos en largometraje fotorrealista, y BAFTA también la reconoció en Special Visual Effects. En esta categoría, cuando Cameron aparece con una máquina visual de este tamaño, el resto de los nominados parece pelear por el aplauso honorable. No se trata solo de espectáculo; se trata de esa vieja manía de Avatar por recordarle al cine comercial que todavía puede inventar ojos nuevos. Avatar: Fire and Ash merece ganar porque no usa el VFX como adorno sino como lenguaje total: convierte Pandora en un mundo físicamente creíble, emocionalmente habitable y técnicamente deslumbrante, con criaturas, entornos, fuego, agua y movimiento digital que no se sienten “hechos por computadora”, sino descubiertos por la cámara. Todo esto confirma lo evidente: aquí los efectos no acompañan la película, son la película respirando frente a nosotros.

 


24. Mejor casting — Sinners.

Mi cierre es astuto. El Oscar de Casting es categoría nueva, así que aquí todos hablan con una seguridad deliciosa y medio inventada. Pero Sinners ya ganó Best Casting/Ensemble en Critics Choice, y además viene con un reparto que no se siente armado por cuota sino por combustión interna. Si el casting consiste en elegir rostros, energías y cuerpos que juntos produzcan una electricidad inevitable, Sinners tiene una defensa formidable. Sería un premio no solo por “quiénes están”, sino por cómo, juntos, convierten el riesgo en magnetismo. Sinners merece ganar Mejor Casting porque, siendo ésta la primera vez que el Oscar reconoce oficialmente esta labor, pocas películas demuestran tan bien que el casting no es vender boletos en taquilla, sino crear química, mundo y destino. La nominación es para Francine Maisler, y su trabajo aquí ensambla un elenco que parece elegido con oído musical: Michael B. Jordan en doble rol como los gemelos, junto a Hailee Steinfeld, Wunmi Mosaku, Delroy Lindo, Miles Caton, Jack O’Connell, Jayme Lawson y Omar Miller, forman una constelación de energías distintas que nunca compiten entre sí, sino que se potencian. En una categoría nueva, como si la temporada hubiera querido dejar claro desde antes que aquí el reparto no acompaña la película, la enciende.



Pero como la IA nunca se equivoca veamos qué dice el algoritmo sobre el pronóstico de ganadores en cada categoría, a lo mejor me supera GPT.





 
 
 

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