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EL ÓSCAR Y EL MIEDO A INCOMODAR

Cada año, la temporada de premios nos vende la misma ilusión: que el Óscar sigue siendo el clímax del talento, la originalidad y la creatividad de la cinematografía mundial. Pero la lista de las diez películas nominadas a Mejor Película —y, sobre todo, los criterios y la lógica con los que la Industria Académica la arma— cuentan otra historia, otra película. Las nominaciones parecen obedecer menos al impulso artístico y más a una ingeniería de prestigio: una mezcla calculada de corrección cultural, consenso industrial, cuotas de representación internacional, viabilidad comercial con inclusividad y, cuando conviene, un barniz de riesgo controlado… o al menos la intención de parecerlo.


Y así, la Academy of Motion Picture Arts and Sciences vuelve a demostrarnos que su gran talento no es precisamente premiar al cine, sino administrar narrativa: elegir películas que puedan funcionar como “símbolos de época” sin poner demasiado en peligro su ecosistema. Sin embargo, entre esas diez, todavía se cuela algo que se parece a lo verdaderamente representativo del llamado séptimo arte, y que los fanáticos agradecemos.


De las nominadas, Hamnet es lo más cercano al buen cine: una película inspiradora y reveladora, una estrategia emocional para reparar el dolor humano y la pérdida sin volverlos espectáculo, pero sí una gran experiencia estética y artística. Y más que ironía, es causalidad: en su trama es el teatro el que repara el dolor humano del dramaturgo. Destaca cómo Chloé Zhao —su directora y la única mujer nominada— especula sobre la inspiración de Shakespeare (entre la ficción y la realidad) para una de sus grandes obras, Hamlet, con gran sensibilidad, convirtiendo el duelo en arte. Es de esas películas en las que lloras, te rompes y aun así quieres volver a verla. Cuando el Óscar se permite una película así, el gesto es casi accidental, como si la sensibilidad y el verdadero cine todavía pudieran colarse por una rendija. Hamnet no busca premios, busca reparar algo roto en el espectador, aunque ya ganó Mejor Película Dramática en los Golden Globes.


One Battle After Another llega como la película “de consenso”: ganadora en premios previos (Critics Choice y Golden Globes), con sátira, humor y un tema contemporáneo digerible: el desgaste moral de luchar una y otra vez por causas justas dentro de un sistema que siempre termina absorbiéndolas. Tiene un estilo frenético y un pastiche de géneros que puede resultar excesivo para el espectador común. Es atrevida, pero en el modo en que la Academia tolera la audacia: con cinturón de seguridad (o de castidad). En redes se habla de lo épica y trepidante que resulta, de sus sets pieces de acción increíbles y del sello inconfundible de PTA (Paul Thomas Anderson, ¿recuerdas Boogie Nights, 1997?). La crítica la destaca como una aventura disparatada y legendaria que mezcla humor negro y drama criminal. PTA despierta al “gigante dormido” del cine americano con esta cinta llena de energía y ambición, aunque para algunos expertos es un vómito cinematográfico por su final estridente. Una sátira política feroz, virtuosa en su forma y controlada en su discurso. De esas películas que no te sueltan ni un segundo y te llevan a un viaje salvaje.

La gran favorita del ala más progresista —y del mundo wokie— es Marty Supreme. Bien lograda, con un guion sólido y una actuación de Timothée Chalamet que seguramente será premiada, encarna a la perfección el cine que hoy tranquiliza conciencias. Sin embargo, lanzo la pregunta inevitable: ¿por qué debería importarnos este héroe del ping-pong convertido en emblema moral? La corrección del relato no siempre garantiza su trascendencia. Parte de su conversación pública viene del ruido y la controversia alrededor de su director (Josh Safdie) y del contexto de producción que estalló días después de la nominación, cuando resurgieron acusaciones y testimonios sobre prácticas riesgosas en sets pasados, ligadas a la ruptura creativa entre los hermanos Josh y Benny Safdie. En el ecosistema de premios, esto no siempre mata una película: a veces la vuelve más comentada y hasta más taquillera. El cine que perdura no nos dice a quién admirar, nos obliga a preguntarnos por qué; cuando esa pregunta ya viene respondida, la experiencia se vuelve decorativa e intrascendente.

En el otro extremo del riesgo —de esos riskies que normalmente no ganan— aparece Sinners, una forma atrevida y simbólica de recontar parte de la historia de la música estadounidense desde el género, con vampiros/zombies y una carga alegórica que en otros años habría sido castigada por “demasiado rara”. Este año entró… pero eso no significa que el sistema esté listo para coronarla. ¿O sí? En 1973, The Exorcist tuvo diez nominaciones, incluida Mejor Película, y solo ganó Guion Adaptado y Sonido. En Sinners destaca que rompe convenciones del género: es un thriller de terror que se toma su tiempo para construir personajes y relaciones antes de desatar la violencia sobrenatural. La crítica la recibió con entusiasmo casi unánime. Con dieciséis nominaciones al Óscar, rompe record histórico para una película, se le aplaude su dirección ambiciosa, fotografía sobresaliente, soundtrack hiper ad hoc y el trasfondo social que aborda de forma potente, como alegoría del racismo en el sur de Estados Unidos. Es una obra ambiciosa que reinventa el cine de género como comentario histórico y social.

La cuota internacional toma forma este año con El agente secreto, un setentero brasileño bien contado y bien construido en pantalla, aunque un poco largo y con ese “algo” que no termina de cerrar el puño. Se queda a medio camino entre la relevancia y la emoción. Puede dejarte abrumado por la multitud de símbolos y digresiones: es una película de dos horas y media llena de metáforas y giros poco convencionales. Tiene valentía al retratar la dictadura de los años setenta, combinando thriller y memoria histórica de forma impactante. Es vista como una película importante, que provoca debates sobre autoritarismo y memoria colectiva, más allá del simple entretenimiento. La crítica elogia su estilo audaz y personal: Mendonça Filho entrega un thriller político estilizado, atravesado por cicatrices históricas —y seguramente personales—. Es el orgullo latinoamericano en los Óscar; lo más cerca que queda México del 15 de marzo.


En el mismo paquete, pero más en clave de cine de arte extranjero (Noruega) con posibilidades reales de ganar, entra Sentimental Value, una de esas películas que la Academia nomina y premia por su prestigio formal y su aura de seriedad. Un drama familiar sobrio y maduro que explora el vínculo entre arte y afecto. La crítica destaca que Joachim Trier explora con maestría la tensa relación entre la expresión artística y los lazos personales, entregando una obra austera y profundamente resonante, sostenida por interpretaciones magistrales. Puede remover sentimientos personales, sobre todo si creciste con un padre ausente. No grita, no llora, pero duele. Aunque se inscribe en el cine independiente europeo, no es precisamente de bajo presupuesto: ahí están Stellan Skarsgård y Elle Fanning. El Óscar la amó porque provoca, pero no incomoda tanto y, de paso, se da un baño de cine de arte. Hollywood ama las películas donde los personajes también se dedican al cine.


Train Dreams es otro film que nos regresa al buen cine, colándose por la rendija: un poema sobre el amor, la resignación y el paso del tiempo. Cine de arte con pretensiones extrañas, delicado y contemplativo, que se mueve entre la emoción sincera y el riesgo de la solemnidad excesiva; de esas películas donde sientes que no pasa nada y está pasando todo. Alcanza tintes míticos por la amplitud de sus temas —naturaleza, progreso, pérdida— sin perder una delicadeza íntima. Hermosa, lírica, lenta, hipnótica, melancólica. No es para todos. La crítica se ha maravillado con su fotografía y su atmósfera poética ambientada en la América rural del siglo XX. Destaca la actuación de Joel Edgerton, sublime, capaz de hacerte llorar en silencio, y gran ausente en la nominación a Mejor Actor de esta edición. Emociona más por lo que calla que por lo que cuenta, aunque a ratos confunda silencio con trascendencia.


Frankenstein se sostiene en lo que Del Toro sabe hacer: atmósfera, diseño, artesanía. Pero el cine no es solo eso. Es preciosa, triste y muy Del Toro. Bien por el paisano, sin duda, pero su versión del clásico de Mary Shelley se conforma con verse bonita cuando debió arriesgarse a ser monstruosa. Como remake de un arquetipo del imaginario popular contemporáneo, le falta originalidad y potencia emocional, aunque nos da un monstruo más humano, casi filosófico, que reflexiona —muy a lo Nietzsche— sobre la miseria humana demasiado humana: el intento de huir de la naturaleza trágica y caótica de la existencia. La película es una adaptación visualmente opulenta, con mucho corazón y decorado: laboratorios góticos, criaturas trágicas bajo la nieve y el reseteo de la hiper-internalizada iconografía del monstruo de Boris Karloff. Jacob Elordi encarna a esa criatura sin nombre —porque Frankenstein es el doctor— renovada: casi dos metros de altura, espigado, pálido hasta lo marmóreo, con extremidades largas que lo vuelven más espectral que torpe. No es un cuerpo cosido a golpes, sino una figura estilizada, casi escultórica, que incluso conserva una belleza incómoda. El monstruo de Del Toro ya no reclama venganza ni temor: reclama empatía. Y en ese acto de amor estético, el mito se embellece… y se domestica.


Bugonia es posiblemente la más polarizante de la lista: o la amas o la odias. Una sátira misantrópica audaz que divide por su violencia y su tono extremo. Si la amas, te parecerá una locura genial y celebrarás su mezcla de humor negro, ciencia ficción y horror satírico: un viaje extravagante y brillante sobre la conspiranoia moderna, bonkers en el mejor sentido. Si te shockea, pensarás que es demasiado retorcida o difícil de digerir. La película arranca con una sátira despiadada y sombría que promete, pero se hunde con un giro final que la descompone: la provocación se vuelve fórmula, tan gráfica como obvia en su desprecio por la humanidad. El consenso crítico elogia a Lanthimos por aplicar su método inteligente y bizarro a la locura contemporánea, con Emma Stone y Jesse Plemons en la cima de su juego actoral. Aunque todo parece indicar que el “amorío” —¿en la realidad y en la ficción?— Lanthimos–Stone empieza a oler a repetición elegante. El problema no es la rareza: es que Bugonia confunde provocación con profundidad, y el plot twist final la delata.


A propósito, dejé al final Formula 1, porque no tiene nada que hacer aquí. Es el elefante con casco: más allá de su soundtrack y del imán de Brad Pitt, cuesta verla como película de Óscar a Mejor Película. Muy predecible y formulaica, entrega justo la adrenalina y la nostalgia que el público espera. Puede alabarse la dirección de Kosinski, que hace gala de su manejo inmersivo al estilo Top Gun: Maverick (2022) y te hace sentir que manejas un monoplaza Ferrari o McLaren y hasta sabes a Red Bull. Si además eres fan de la Fórmula 1 y vas de ridículo pretencioso del 30 de octubre al 1 de noviembre al Autódromo Hermanos Rodríguez, quizá destaques lo visualmente impresionante que es y celebres sus escenas de carreras como entretenimiento de alto octanaje. Pero su guion es convencional y su sustancia, mínima. Su nominación huele a industria, a evento, a taquilla con traje de gala. Funciona como cine palomitero emocionante, si te gustan el cliché y el sentimentalismo barato.


Vistas en conjunto, las diez películas nominadas confirman una sensación difícil de ignorar: la Academia ya no parece buscar el cine que se arriesga, sino el cine que no desacomoda demasiado la narrativa que quiere contar sobre sí misma. El talento está ahí, la factura es impecable, las intenciones son nobles; pero el riesgo verdadero —el que incomoda, divide o deja preguntas sin resolver— aparece dosificado, cuidadosamente administrado, cuando no desplazado a los márgenes o directamente a la lista de ausencias (el siguiente texto será sobre esas grandes ausencias del Óscar).


No es que estas películas no merezcan ser vistas, discutidas o incluso premiadas. El problema es otro: el Óscar parece haber perdido el pulso para distinguir entre cine vivo y cine perfectamente presentable. Entre obras que nacen de una necesidad expresiva y obras que cumplen, con eficacia admirable, los requisitos del prestigio contemporáneo.

En los días siguientes publicaré un análisis más extenso y detallado de cada una de estas diez películas, abordándolas una por una, sin prisa y sin reverencia, y ordenándolas no según la lógica de la campaña o del consenso, sino según lo que —desde mi ojo— realmente merecería ganar. No como pronóstico, sino como ejercicio crítico: una forma de volver a preguntar qué valores, qué riesgos y qué narrativas deberían importar cuando hablamos de cine y no solo de premios. Porque si el Óscar insiste en funcionar como vitrina, la crítica —al menos la que todavía cree en el cine— tiene la obligación de mirar más allá del cristal. ¿No creen?



 

 
 
 

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